En las zonas rurales y de frontera de España, como Cilleros, aún pueden observarse vestigios históricos que nos hablan de una época en la que la línea entre dos países no era sólo una frontera imaginaria, sino un espacio vigilado de forma constante por cuerpos especializados. La caseta de carabineros de La Naveta, hoy en ruinas, envuelta en la tranquilidad del campo, formaba parte de esa estructura de vigilancia que a lo largo del siglo XIX y principios del XX marcó la vida en estas tierras.
El Real Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras fue creado en España el 9 de marzo de 1829 por Real Decreto de Fernando VII con el objetivo de proteger costas y fronteras, combatir el contrabando y reprimir el fraude fiscal. Su misión era doble: por un lado, vigilar el paso de personas y mercancías, y por otro, controlar el tráfico ilícito que atravesaba la “raya”, la frontera con Portugal, en puntos donde no había aduana establecida. Para ello se crearon numerosos puestos y casetas de vigilancia, situados en lugares estratégicos como pasos fluviales, caminos secundarios o rincones apartados.
La existencia de puestos y casetas de carabineros en la raya hispano-portuguesa, como en el caso de Cilleros, estaba marcada por el aislamiento, la dureza del entorno y una estricta disciplina militar, pero también por una estrecha relación con el territorio y con las gentes de ambos lados de la frontera.
Los puestos solían estar ocupados por pequeñas dotaciones, generalmente una pareja de carabineros o un cabo con varios hombres a su cargo. En los primeros tiempos, estos destinos se consideraban estables, por lo que muchos carabineros vivían acompañados de sus familias. El jefe del puesto, normalmente un cabo o sargento, residía en la propia caseta, mientras que los demás efectivos y sus mujeres e hijos lo hacían en chozos o viviendas muy humildes, construidas con materiales del entorno y diseminadas alrededor del puesto.
La rutina diaria comenzaba al amanecer. Tras el pase de lista y la organización del servicio, los carabineros salían en patrullas a pie, recorriendo caminos, veredas, cauces fluviales y pasos tradicionales de contrabandistas. Estas rondas podían durar varias horas y se realizaban tanto de día como de noche, ya que el contrabando solía intensificarse en la oscuridad. Durante la noche, las parejas de carabineros se encontraban con las de los puestos vecinos para reforzar la vigilancia y cubrir amplios tramos de frontera. El servicio no se limitaba a la persecución del fraude. Los carabineros debían identificar a las personas que cruzaban la frontera, comprobar salvoconductos y vigilar el paso de ganado y mercancías. En muchos casos, el puesto funcionaba como una pequeña aduana rural, con horarios concretos para el tránsito legal entre España y Portugal.
Las condiciones materiales eran muy básicas. Las casetas, como la de la Naveta, solían ser construcciones sencillas, de muros gruesos de mampostería o tapial, con una o dos estancias, escasa ventilación y una mínima protección frente al frío o el calor. El abastecimiento de agua y alimentos dependía en gran medida de los pueblos cercanos o de lo que se pudiera obtener del entorno inmediato.
El aislamiento era uno de los aspectos más difíciles de la vida en estos puestos. Las familias pasaban largas temporadas sin contacto directo con los núcleos urbanos, y los niños crecían en un entorno duro, pero profundamente ligado al campo y a la frontera. Aun así, se generaban lazos de solidaridad entre las distintas familias y entre los carabineros y los vecinos de la zona, que veían en ellos una autoridad, pero también una presencia protectora. A pesar de su función represiva frente al contrabando, los carabineros mantenían una relación cotidiana con los habitantes de la raya. Compartían caminos, fuentes, fiestas religiosas e incluso vínculos familiares con el lado portugués. La frontera era, más que una línea rígida, un espacio vivido, donde el control oficial convivía con prácticas tradicionales de intercambio y ayuda mutua.
Con el paso del tiempo, especialmente ya entrado el siglo XX, estos puestos dejaron de ser destinos familiares y pasaron a estar ocupados únicamente por guardias solteros, lo que redujo la vida alrededor de las casetas. Finalmente, muchos de ellos fueron abandonados cuando la vigilancia se centralizó en cuarteles situados en poblaciones mayores.
Hoy, las ruinas de estas casetas no solo hablan de una organización militar desaparecida, sino también de la vida silenciosa y sacrificada de quienes habitaron estos lugares durante décadas. Cada muro derruido y cada vano abierto al campo evocan jornadas interminables de vigilancia, noches de ronda, familias adaptándose a la dureza del paisaje y una frontera que fue, durante mucho tiempo, el centro de su mundo.
Fuentes: El contrabando de postguerra en la comarca de Olivenza - Eusebio Medina García. Los Carabineros en Cilleros.





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