Durante siglos, la cría del cerdo constituyó uno de los pilares fundamentales de la economía doméstica de Cilleros. En una sociedad donde buena parte de las familias dependían del autoconsumo y de los recursos obtenidos de la tierra, el cerdo era considerado una auténtica despensa viviente. Su matanza anual garantizaba carne, embutidos y grasas para gran parte del año, convirtiéndose en un elemento esencial de la cultura rural extremeña.
Para albergar estos animales surgieron numerosas construcciones populares conocidas en distintos lugares como corralás, cochiqueras, pocilgas, zahurdas o simplemente corrales de cerdos. Aunque hoy muchas han desaparecido o se encuentran abandonadas, todavía es posible encontrar en Cilleros algunos interesantes ejemplos de este patrimonio etnográfico que forma parte de la memoria colectiva del pueblo.
La importancia de estas construcciones solo puede entenderse comprendiendo el papel que desempeñaba el cerdo en la economía tradicional. Hasta bien entrado el siglo XX, numerosas familias criaban uno o varios animales destinados a la matanza. Los desperdicios domésticos, los productos de la huerta, las bellotas y otros recursos locales contribuían a su alimentación. El sacrificio del animal constituía un acontecimiento familiar y social de primer orden, alrededor del cual se organizaban tareas colectivas y se reforzaban los lazos vecinales. Las pocilgas eran, por tanto, mucho más que simples dependencias ganaderas. Representaban una pieza esencial dentro de un sistema económico basado en el aprovechamiento integral de los recursos disponibles.
Desde una perspectiva etnográfica, una corralá es un ejemplo perfecto de simbiosis entre el ser humano, el animal y el medio ambiente. Aunque existen variantes según la zona, la estructura clásica consta fundamentalmente de dos cuerpos complementarios:
A diferencia de las explotaciones intensivas actuales, los usos tradicionales dictaban que estos espacios no eran para el engorde definitivo. Las cochinas criaban allí a sus camadas y, tras el destete, los lechones se trasladaban a las dependencias de las propias casas del casco urbano de Cilleros para ser engordados con los desechos de la huerta, las hojas de olivo y, por supuesto, la bellota
La mejor muestra conservada de este tipo de arquitectura popular en Extremadura se encuentra en Torrequemada, donde se conserva un extraordinario conjunto conocido como "Las Corralás". Este espacio reúne centenares de construcciones destinadas históricamente a la cría de ganado porcino dentro de la dehesa boyal municipal. Su singularidad radica tanto en el elevado número de edificaciones conservadas como en el mantenimiento de técnicas tradicionales de construcción en piedra seca. Estas construcciones reflejan un modelo económico basado en los aprovechamientos comunales de la dehesa y en las pequeñas explotaciones familiares. El valor histórico, social y arquitectónico del conjunto motivó que la Junta de Extremadura lo declarara Bien de Interés Cultural en la categoría de Lugar de Interés Etnológico en 2017. La declaración destacó su relevancia como ejemplo de arquitectura tradicional adaptada al entorno y como testimonio de formas de vida hoy prácticamente desaparecidas.
Aunque Cilleros no conserva un conjunto tan extenso, sí existen diversos ejemplos dispersos que merecen atención y estudio.
Con frecuencia, cuando hablamos de patrimonio pensamos en iglesias, castillos o edificios singulares. Sin embargo, las pequeñas construcciones vinculadas a la vida cotidiana poseen un enorme valor para comprender cómo vivieron nuestros antepasados.
Las antiguas pocilgas y corralás forman parte de ese patrimonio humilde que explica mejor que muchos documentos la realidad de las economías campesinas tradicionales. Son la huella física de una sociedad que supo adaptarse al medio, aprovechar sus recursos y desarrollar soluciones constructivas eficaces con materiales sencillos. Por ello, los ejemplos que aún sobreviven en Cilleros merecen ser inventariados, fotografiados y estudiados antes de que desaparezcan definitivamente. Su conservación no solo permite preservar unas construcciones tradicionales, sino también mantener viva la memoria de una forma de vida que durante generaciones formó parte esencial de la identidad de nuestro pueblo.

Milenaria población pre-romana, frontera entre Lusitanos y Vetones, adquirió cierta relevancia en época romana. Con la invasión musulmana, vuelve a ser territorio de frontera, en la llamada Trasierra Leonesa. Hasta el año 1213 no se produce la Reconquista definitiva del territorio por el Rey Alfonso IX de León, quien lo dona a la Orden Militar de Alcántara; el 20 de octubre de 1306 el décimo Maestre de la Orden, frey Gonzalo Pérez Gallego, concede a Cilleros la Carta de Villazgo.
