Imaginemos por un instante las calles de Cilleros a finales del siglo XVI o principios del XVII. Al caer la tarde, el tintineo de una campana rompe el silencio. Un grupo de vecinos, portando hachones de cera y un estandarte descolorido pero alzado con orgullo, avanza en procesión hacia una de las muchas ermitas que salpican el término de la villa. No es un simple acto de fe; es el latido de una cofradía, la institución que, durante siglos, articuló la vida, la solidaridad y el tránsito hacia la muerte de nuestros antepasados.
Para comprender la historia de la España medieval y moderna, es imprescindible adentrarse en el fenómeno cofrade. Las cofradías constituyeron las manifestaciones socio-religiosas, culturales y festivas más genuinas del pueblo. No eran organizaciones reservadas a una élite mística; al contrario, en los siglos de oro de la religiosidad española, casi la totalidad de la población pertenecía al menos a una de estas asociaciones.
Herederas de los lazos de solidaridad de la Baja Edad Media, las cofradías alcanzaron su madurez y su punto culminante durante el periodo barroco. Detrás de ellas latía, por supuesto, una devoción profunda en una sociedad firmemente creyente. Sin embargo, las cofradías cumplían una función mundana y vital que la historiografía ha rescatado: funcionaban como el auténtico seguro de decesos y asistencia social de la época. En aquellos tiempos de epidemias y desamparo, el mayor temor de un ser humano era una muerte en el olvido o una sepultura indigna. Al ingresar en una cofradía, el vecino se aseguraba de que, al llegar su hora, sus hermanos de fe portarían su féretro, aportarían los blandones para el cortejo, alzarían el estandarte y le darían sepultura en la bóveda de entierro que casi todas las corporaciones poseían en propiedad. Era el último acto social del finado, un arrope comunitario que se extendía también al auxilio mutuo durante la enfermedad. Este fervor provocó lo que los historiadores denominan la «sacralización de la calle». El espacio público se convirtió en el escenario de la identidad colectiva a través de rosarios nocturnos, procesiones de penitencia y rogativas en tiempos de sequía. Había cofradías abiertas a todos (hombres, mujeres y niños) y corporaciones cerradas (gremiales, de nobles o incluso de mujeres, donde las hermanas nombraban a su propia mayordoma, encontrando un espacio insólito de autonomía y gestión pública en una sociedad patriarcal).
Nuestra villa de Cilleros, vinculada históricamente a la jurisdicción de la Orden Militar de Alcántara desde los tiempos de la Reconquista y su posterior villazgo en 1306, no fue ajena a este gran movimiento nacional. Al contrario, los documentos locales nos revelan un panorama devocional de una riqueza extraordinaria.
Si acudimos al Libro de visitas y cuentas de 1591 a 1633, descubrimos un Cilleros vivo, donde la geografía urbana y rural estaba completamente vertebrada por la fe compartida. En este periodo de transición entre el Renacimiento y el Barroco, la villa contaba con cuatro cofradías principales:
Pero el vigor comunitario de Cilleros no se limitaba al núcleo del pueblo. El término municipal estaba sembrado de ermitas que actuaban como faros espirituales y económicos, muchas de ellas con sus propias hermandades asociadas. El libro de cuentas documenta la vida en torno a la Ermita de los Mártires, la Ermita de San Pedro, la Ermita y cofradía de San Marcos, la Ermita de Nuestra Señora de Navelonga (epicentro de un hondo arraigo popular) y la Ermita y cofradía de San Lorenzo. Estas ermitas eran el lugar donde el campesinado se encomendaba para la protección de las cosechas y el ganado.
Aunque las cofradías gozaban de un amplio margen de autonomía popular, gestionando sus propios bienes y limosnas de espaldas en ocasiones al control rígido del clero secular, estaban sujetas a la supervisión de las autoridades eclesiásticas legítimas. En el caso de Cilleros, este control lo ejercía la poderosa Orden de Alcántara. Un testimonio excepcional de este control lo hallamos en las Notas sobre el Libro de visitas del Comendador del año 1619, cuando los visitadores de la Orden llegaban a Cilleros, revisaban con lupa la moralidad de los vecinos, el decoro de las imágenes y, fundamentalmente, las cuentas de los mayordomos para evitar corruptelas. Las páginas de aquel año de 1619 nos dejan constancia exacta de este escrutinio burocrático y sagrado sobre las siguientes cofradías:
Estas anotaciones demuestran que, a principios del siglo XVII, las cofradías cilleranas gozaban de plena salud institucional, movilizando recursos económicos significativos (en grano, cabezas de ganado o reales) para cumplir con sus fines asistenciales y religiosos.
Sin embargo, este modelo de "cofradía barroca", autónoma, ostentosa y a veces de un marcado carácter lúdico-festivo que rozaba lo profano, comenzó a molestar a las autoridades con la llegada del siglo XVIII. La dinastía de los Borbones y los ministros ilustrados (como el Conde de Aranda o Carlos III) persiguieron con ahínco el poder de las hermandades bajo la doctrina del regalismo. Los ilustrados consideraban que las cofradías malgastaban fondos que debían ir a la agricultura o a la industria, y criticaban la "falta de moralidad" o el folclore de algunas celebraciones. Así comenzó el llamado «siglo de la crisis» (1750-1874). Se sucedieron leyes restrictivas: en 1768 se ordenó que todas las cofradías debían recogerse antes de la caída del sol (lo que hirió de muerte a los rosarios nocturnos y a las procesiones de la Vera Cruz); en 1777 se prohibieron los disciplinantes y flagelantes; y en 1783 se decretó la disolución de toda corporación que no contara con una aprobación civil o eclesiástica expresa. El golpe de gracia llegaría a finales de siglo con las primeras desamortizaciones de sus bienes raíces y los saqueos de la Guerra de la Independencia.
¿Cómo afectó esta crisis a nuestro pueblo? El reflejo es inmediato y conmovedor. Si contrastamos el vibrante mapa de principios del siglo XVII con el documento de las Iglesias de la Orden de Alcántara del año 1742, vemos cómo el tejido cofrade cillerano se había contraído notablemente ante los nuevos vientos de centralización y control. Para mediados del siglo XVIII, el informe de la Orden ya solo menciona la existencia activa de dos cofradías supervivientes en Cilleros:
Las demás devociones y hermandades vinculadas a las ermitas habían ido languideciendo, perdiendo sus estructuras jurídicas o integrándose en las dos grandes devociones tradicionales de la localidad, las cuales consiguieron resistir los embates del reformismo ilustrado gracias a su profundo arraigo en la memoria colectiva del pueblo.
En la actualidad, el número de cofradías se ha recuperado en número, si bien ya no se asemejan a las antiguas: la Cofradía de Nuestra Señora de Navelonga, la Cofradía de San Blas, la del Sagrado Corazón de Jesús, la de la Nª Sº de los Dolores y Nuestro Padre Jesús Nazareno, y una última bastante desconocida, al menos para mí, pero que descubre E. M. Tomé, la olvidada Cofradía de la Sagrada Familia; Fundada en 1820, cuenta con una pequeña hornacina de madera, con las imágenes de la Sagrada Familia, obra es de un escultor de Barcelona y del año 1800, la cual rota por los hogares de los cofrades y dispone de un recipiente para que quién lo desee, deposite sus donativos. Al finalizar el recorrido, los donativos son contabilizados y entregados a la Parroquia.
Hacer historia local no es solo recordar fechas; es rescatar el alma de quienes pisaron estas mismas calles antes que nosotros. Las cofradías de Cilleros, desde aquellas lejanas anotaciones del siglo XVI hasta las reformas del siglo XVIII, fueron el verdadero motor de la vida social de la villa. A través de ellas, los cilleranos de la Edad Moderna no solo expresaban su fe, sino que tejían una red de protección para no dejar a nadie atrás, ni en la enfermedad ni en el trance final de la muerte. Hoy, cuando contemplamos nuestras ermitas o asistimos a nuestras tradiciones, estamos recogiendo el testigo de aquellos mayordomos y cofrades que, hace más de cuatrocientos años, dejaron su huella grabada en los libros de visitas de la Orden de Alcántara.
Fuentes: Libro de visitas y cuentas de 1591 a 1633; Libro de visitas del Comendador del año 1619; Iglesias de la Orden de Alcántara (1742); Breve historia de las Cofradías (para no iniciados) - Esteban Mira Caballos; Cofradía de la Sagrada Familia, Cilleros - E. M. Tomé.

Milenaria población pre-romana, frontera entre Lusitanos y Vetones, adquirió cierta relevancia en época romana. Con la invasión musulmana, vuelve a ser territorio de frontera, en la llamada Trasierra Leonesa. Hasta el año 1213 no se produce la Reconquista definitiva del territorio por el Rey Alfonso IX de León, quien lo dona a la Orden Militar de Alcántara; el 20 de octubre de 1306 el décimo Maestre de la Orden, frey Gonzalo Pérez Gallego, concede a Cilleros la Carta de Villazgo.
