Amantes de la historia y de nuestro rico patrimonio local, hoy volvemos a asomarnos a las páginas de piedra que configuran la memoria de Cilleros. Quienes paseen con la mirada atenta alrededor de nuestra iglesia parroquial habrán reparado en multitud de detalles constructivos que hunden sus raíces en los siglos pasados. Sin embargo, hay un elemento muy singular, semioculto e integrado en los paramentos del templo, que suele pasar desapercibido para el ojo no entrenado, pero que despierta inmediatamente la fascinación de cualquier arqueólogo: un ara romana empotrada en el muro de la cual solo se asoma tímidamente la parte superior y de la cual sabemos gracias al testimonio de Agustín Flores.
Aunque el cuerpo principal de la pieza y su posible campo epigráfico permanecen cautivos de la mampostería histórica, los secretos de su morfología superior afloran a la vista con claridad meridiana, permitiéndonos identificar el "fóculus" y los "pulvini", y todo, gracias al obrero que en su día optó por no enterrar bajo el enlucido de cemento esta histórica pieza y dejarla a la vista.
Para entender la relevancia de este hallazgo, conviene repasar qué significaba este tipo de monumento en el mundo romano. Un ara (o altar) no es más que un pequeño monumento pétreo de forma prismática o columnar que se empleaba en la Antigüedad clásica como soporte para realizar ofrendas y sacrificios a las divinidades, ya fuera en santuarios públicos, en los foros o en el ámbito privado de los hogares (lares).
Arquitectónicamente, un ara tradicional se compone de tres partes fundamentales:
1) La basa o parte inferior: El zócalo moldurado que asentaba el bloque sobre el suelo o sobre un podio.
2) El cuerpo o campo epigráfico (truncus): La zona central, generalmente lisa, donde se cincelaba la inscripción votiva (el texto dedicado al dios o diosa en señal de agradecimiento o promesa).
3) La coronación o capitel: La parte superior, que es precisamente la que hoy nos contempla desde el muro de nuestra iglesia. En ella destacan elementos muy característicos:
- El fóculus: La pequeña oquedad o cavidad cóncava practicada en la parte alta del ara, concebida originalmente para depositar las brasas, los perfumes, las libaciones de vino o las pequeñas ofrendas de incienso y frutos.
- Los pulvini (o pulvinos): Los remates laterales en forma de cojines enrollados o volutas que imitan los altares clásicos y flanquean el fóculus.
Este nuevo ara hallado en la iglesia viene a engrosar la ya notable nómina de epigrafía y religiosidad romana descubierta en nuestro término municipal, confirmando que el subsuelo y las construcciones históricas de Cilleros guardan una estrecha relación con el pasado romano y lusitano de la región.
Sin ir más lejos, este nuevo testigo pétreo entronca directamente con piezas tan destacadas que ya hemos analizado en este blog:
- El fascinante ara dedicado a las divinidades indígenas Arentia y Arentius, que nos conecta con las profundas raíces de la religiosidad lusitana en estas tierras.
- El evocador testimonio del ara votiva de Malpartida, con más de 1 metro de altura.
- La pieza consagrada a la contundente diosa guerrera Bellona.
Para sumergirnos por completo en la atmósfera que rodeaba a piezas como las que salpican el territorio de Cilleros y sus alrededores, debemos abandonar la fría imagen que hoy nos ofrecen estas piedras solitarias y descontextualizadas. En la Antigüedad romana, un ara no era un simple objeto ornamental ni un monolito mudo; constituía un altar vivo, el escenario físico donde se establecía un vínculo sagrado y contractual entre los hombres y los dioses (pax deorum).
A continuación, desgranamos cómo se desarrollaban los rituales y sacrificios sobre estas estructuras en época romana.
1. El principio rector: Do ut des ("Doy para que me des")
La religión romana antigua era eminentemente contractual y pragmática. No se basaba tanto en una fe abstracta o en un código moral interiorizado, sino en una relación de reciprocidad con la divinidad. El devoto ofrecía algo valioso al dios (un animal, incienso, vino) a cambio de su favor, protección, salud, buenas cosechas o el retorno seguro de un viaje.
Esta promesa formal se sellaba mediante un voto (votum). Si el favor concedido se cumplía, el fiel estaba obligado a regresar al ara para cumplir su promesa (votum solvere), momento en el cual se mandaba esculpir la inscripción votiva que solemne e Ilamativamente rezaba fórmulas abreviadas como V.S.L.M. (Votum Solvit Libens Merito: "Cumplió su voto de buen grado y merecidamente").
2. Los preparativos del ritual: Pureza y ofrendas
Antes de acercarse al ara, el oficiantee o el fiel debía cumplir con estrictos ritos de purificación (lavarse las manos y, a veces, el cuerpo entero) para no contaminar el espacio sagrado con impurezas cotidianas.
Las ofrendas depositadas sobre el altar variaban drásticamente según las posibilidades económicas del dedicante y la naturaleza de la divinidad:
- Ofrendas incruentas (sin sangre): Las más comunes entre las economías modestas o en ámbitos domésticos y rurales. Incluían tortas de harina (mola salsa), granos de trigo, frutos de la tierra, flores y, sobre todo, incienso y perfumes. Estos se depositaban directamente sobre la parte superior del ara.
- Libaciones líquidas: El vino (vinum) puro y consagrado era fundamental. Se vertía en pequeñas cantidades.
- Sacrificios animales (cruentos): En aras de mayor tamaño o en festividades públicas, el ritual culminaba con la inmolación de animales (desde aves de corral como gallos hasta corderos o cerdos, pasando por reses mayores en grandes santuarios).
3. El desarrollo de la ceremonia paso a paso
Si observamos nuestro ara de Cilleros con sus elementos arquitectónicos visibles, podemos reconstruir mentalmente los gestos exactos que realizaba el sacerdote o el devoto:
- La aproximación y el fuego: Se encendía un fuego sagrado sobre la cavidad superior del ara, el fóculus. Para avivar la llama y purificar el ambiente, se quemaban maderas olorosas y resinas.
- La invocación (precatio): El oferente se acercaba cubriéndose la cabeza con un pliegue de la toga (capite velato) —una costumbre romana para evitar que cualquier ruido o visión inoportuna rompiera el maleficio del rito— y comenzaba a recitar la fórmula consagratoria en voz alta, invocando al dios por su nombre (por ejemplo, a las divinidades indígenas Arentia o a la belicosa Belona).
- La ofrenda de vino e incienso: Mientras se pronunciaban las palabras sagradas, el oficiante tomaba vino de una jarra (guttus) y lo vertía en pequeñas gotas sobre el fuego del fóculus. El aroma del vino evaporándose al contacto con las brasas y el humo del incienso (thus) ascendían hacia el cielo, sirviendo de alimento espiritual a los dioses.
- El depósito y el clímax: Si se trataba de una ofrenda sólida, esta se acomodaba cuidadosamente sobre la superficie plana que rodeaba el fóculus, delimitada visualmente por los pulvini (esos remates laterales en forma de cojín o voluta que contenían y protegían simbólicamente el fuego sagrado, dándole forma de lecho para recibir a la divinidad).
- La consumación: El ritual concluía con una música ceremonial de flautas (tibiae) para ahogar cualquier ruido desafortunado o palabra de mal agüero, y con la certeza por parte del fiel de que su pacto con el numen había quedado sellado.
Al igual que ocurriera con aquellas, la presencia de este ara en los muros de la iglesia responde a una práctica milenaria y muy común: el reciclaje arquitectónico (spolia). Cuando los edificios cristianos medievales o modernos comenzaron a alzarse, las piedras bien escuadradas y resistentes de los antiguos asentamientos romanos cercanos fueron reutilizadas como materiales de construcción de primera calidad, condenando muchas veces las inscripciones a quedar hacia el interior del muro o, como en este caso, dejando al aire únicamente los perfiles más artísticos de su coronación.
Ver asomar el fóculus y los pulvini de nuestra iglesia es, en definitiva, una invitación a mirar más allá de la piedra tosca. Es la prueba tangible de que Cilleros camina literalmente sobre capas de historia viva.

Milenaria población pre-romana, frontera entre Lusitanos y Vetones, adquirió cierta relevancia en época romana. Con la invasión musulmana, vuelve a ser territorio de frontera, en la llamada Trasierra Leonesa. Hasta el año 1213 no se produce la Reconquista definitiva del territorio por el Rey Alfonso IX de León, quien lo dona a la Orden Militar de Alcántara; el 20 de octubre de 1306 el décimo Maestre de la Orden, frey Gonzalo Pérez Gallego, concede a Cilleros la Carta de Villazgo.
