Durante décadas, las poblaciones españolas conservaron numerosos elementos que recordaban a los vencedores de la Guerra Civil. Algunos todavía permanecen; otros desaparecieron discretamente durante la Transición o en las últimas décadas. Muchos pasaron tan desapercibidos que llegaron a confundirse con el propio paisaje cotidiano de nuestras calles e iglesias.
La Guerra Civil terminó oficialmente el 1 de abril de 1939. Sin embargo, la victoria militar del bando sublevado no solo supuso un cambio político. También dio lugar a una intensa política de memoria destinada a honrar a los muertos del ejército vencedor y a convertir su recuerdo en un elemento permanente de la vida pública. En prácticamente todos los pueblos de España aparecieron símbolos, monumentos y ceremonias que recordaban exclusivamente a los caídos del bando franquista. Las víctimas republicanas, por el contrario, quedaron durante muchos años fuera de cualquier reconocimiento oficial.
Las cruces de los caídos constituyeron uno de los grandes símbolos del primer franquismo. Se levantaron en plazas, entradas de cementerios o junto a las iglesias. Algunas eran sencillas cruces de piedra; otras incorporaban escudos, inscripciones o listas de nombres. Su función era doble: rendir homenaje a los muertos del bando vencedor y reforzar la identificación entre religión católica y régimen político. Durante el año 1938, siendo alcalde de Cilleros D. Eloy Campa Martín, se gestó la iniciativa de construir una cruz de piedra a los caídos en la guerra civil, y así quedó recogido en el diario "La Falange: Diario de la tarde. Órgano en Extremadura de Falange Española de las J.O.N.S: Año III Número 225 - 1938 Diciembre 19":
...en Cilleros han comenzado las obras de construcción de una plazuela al sitio de la Fuente, donde se instalará la Cruz de los Caídos, para perpetuar la memoria de nuestros hermanos caídos en la lucha por Dios y por la Patria...
aunque parece ser que dicha construcción nunca llegó a levantarse y se optó por otro de los elementos más característicos: las placas de «Caídos por Dios y por España».
El decreto de 16 de noviembre de 1938 impulsó la colocación de placas en las parroquias con los nombres de los muertos del bando sublevado, normalmente encabezadas por José Antonio Primo de Rivera y acompañadas por expresiones como "Caídos por Dios y por España" y "¡Presentes!". Estas placas llegaron a convertirse en una presencia habitual en la vida cotidiana. Los vecinos acudían a misa, a bautizos, bodas o funerales pasando junto a ellas. Con el tiempo dejaron de llamar la atención, aunque seguían transmitiendo una determinada interpretación de la guerra: la de los vencedores.
Cilleros, como otras poblaciones, tuvo su placa por los caídos en la fachada de la iglesia hasta bien entrada la democracia, momento en que la mayoría de ellas se fueron retirando mediante acuerdos entre la Diócesis de Coria-Cáceres y los respectivos ayuntamientos. La política eclesiástica regional ha consistido en no oponerse a la retirada de simbología política, permitiendo que, si las familias lo solicitaban, los listados de nombres se trasladaran estrictamente a los cementerios bajo un formato puramente funerario, eliminando la exaltación del régimen.
Y junto a cruces y lápidas, los nombres de calles dedicadas a figuras del régimen franquista también fueron frecuentes en muchas localidades y de las cuales tenemos algunas referencias en Cilleros, las cuales se han ido cambiando de nombre progresivamente en los últimos años por votaciones plenarias del Ayuntamiento:
Junto a los monumentos existieron también rituales públicos. El 18 de julio, aniversario del comienzo de la guerra, y el 20 de noviembre, fecha de la muerte de José Antonio, se celebraban misas, ofrendas, desfiles y actos patrióticos. Las autoridades civiles, la Falange, la Guardia Civil y el clero participaban en ceremonias que formaban parte del calendario oficial del régimen.
Con la llegada de la democracia, muchos de estos elementos continuaron formando parte del paisaje urbano. Algunos ayuntamientos decidieron retirarlos; otros optaron por conservarlos como testimonios históricos; en determinados casos se transformaron en monumentos dedicados a todas las víctimas de la guerra. La legislación sobre memoria histórica y memoria democrática ha impulsado en las últimas décadas la retirada de numerosos símbolos de exaltación franquista. Sin embargo, el proceso no ha sido uniforme. Todavía hoy pueden encontrarse placas, cruces o inscripciones en numerosos pueblos españoles. La cuestión no es únicamente qué hacer con estos vestigios, sino también cómo interpretarlos. Más allá de las posiciones políticas actuales, constituyen documentos materiales de una época. Nos hablan de cómo los vencedores construyeron su memoria, de cómo los pueblos convivieron durante décadas con esos símbolos y de cómo las generaciones posteriores han afrontado su legado.
En localidades como Cilleros, donde la Guerra Civil y la posguerra dejaron una profunda huella, el estudio de estos elementos permite comprender mejor la historia local. Las posibles lápidas, homenajes o ceremonias dedicadas a los caídos forman parte de esa memoria del siglo XX que todavía permanece parcialmente oculta en archivos, fotografías y recuerdos familiares.
Investigar estos vestigios no significa reivindicarlos ni condenarlos de manera automática. Significa, ante todo, conocer cómo se construyó la memoria pública de los vencedores y cómo esa memoria permaneció presente durante décadas en las calles, las iglesias y las plazas de nuestros pueblos.

Milenaria población pre-romana, frontera entre Lusitanos y Vetones, adquirió cierta relevancia en época romana. Con la invasión musulmana, vuelve a ser territorio de frontera, en la llamada Trasierra Leonesa. Hasta el año 1213 no se produce la Reconquista definitiva del territorio por el Rey Alfonso IX de León, quien lo dona a la Orden Militar de Alcántara; el 20 de octubre de 1306 el décimo Maestre de la Orden, frey Gonzalo Pérez Gallego, concede a Cilleros la Carta de Villazgo.
