En nuestros paseos por el término municipal de Cilleros, a menudo nos topamos con construcciones rurales que parecen resistir el paso del tiempo en un silencio absoluto. Sin embargo, hay piedras que hablan. Hoy quiero detenerme en una de ellas: el dintel de una casa de campo que esconde una historia excepcional de propiedad y determinación femenina en pleno siglo XIX.
La inscripción, tallada con granito sobre la puerta de entrada, reza así:
"AÑO / ESTA CASA LA MANDO HA / CER Dª FELIPA OBREGON / 1855"
Para entender el peso de este nombre, debemos recordar que los Obregón no eran unos recién llegados. Como ya hemos analizado anteriormente en este blog, el linaje llegó a Cilleros de la mano de Pedro de Obregón Martín, quien ganó la Real Carta Ejecutoria de hidalguía en 1515.
Desde entonces, la familia fue una de las columnas vertebrales de la nobleza local. En el Padrón de Hidalgos de Extremadura de 1829, apenas 26 años antes de que se labrara este dintel, figuran nombres con dicho apellido residiendo en la localidad: Calixto, Juan, Antonio, Fernando, Isabel, Andrés, Blas y Martín. Felipa pertenecía, por tanto, a una red de propietarios que no solo poseían la tierra, sino que ostentaban el prestigio de siglos de hidalguía reconocida por la Cancillería de Valladolid.
En 1855, el sistema de estamentos ya se estaba desmoronando ante el nuevo estado liberal, pero en la mentalidad rural de Cilleros, ser hidalgo seguía marcando una frontera social insalvable. El uso del tratamiento de "Doña" (Dª) en el dintel no es una cortesía baladí; es una reivindicación de clase. Para Felipa, ser hidalga significaba:
Si comparamos este dintel con otros de la época en la zona, la excepcionalidad es evidente. Lo habitual es encontrar nombres masculinos o, en el mejor de los casos, iniciales compartidas por un matrimonio. Las inscripciones femeninas suelen quedar relegadas a lo religioso (donaciones a capillas). Sin embargo, Felipa reclama aquí su papel en la arquitectura civil y productiva.
Es fascinante pensar que, mientras la prensa histórica de la época suele destacar a los varones de la familia Obregón en cargos de regidores o síndicos, el granito de esta casa de campo ha preservado el nombre de una mujer que, con la misma firmeza que sus antepasados del siglo XVI, quiso dejar constancia de su paso por la vida.
La casa de campo de Doña Felipa Obregón, cuya construcción data de 1855, es un ejemplo sobrio y funcional de la arquitectura civil de mediados del siglo XIX en Cilleros.
Se trata de una construcción de planta cuadrangular y dos alturas, ejecutada con muros de mampostería reforzados con grandes sillares de granito en las esquinas para garantizar su estabilidad. Aún se aprecian restos del enlucido de cal que protegía sus paramentos, un acabado común en la época que otorgaba una mayor luminosidad y protección contra la humedad. La casa está rematada por un tejado a dos aguas con teja árabe, que vuela ligeramente sobre la fachada mediante una sencilla línea de alero, protegiendo así los muros de la escorrentía de lluvia. En la planta baja se abre la puerta principal, coronada por el célebre dintel de granito con la inscripción de propiedad. Sobre esta, se sitúa una puerta en la planta superior (hoy convertida en ventana) que daría salida a un pequeño balcón con vistas a la población de Cilleros.
La edificación se sitúa a los pies de la sierra de Santa Olalla, hoy en día en la parte alta del barrio de la Pica, pero en el siglo XIX sería una zona de praderas y suaves pendientes, rodeada de afloramientos graníticos y vegetación autóctona; con vistas directas al casco urbano de Cilleros, que se divisa al fondo, y que refuerza la idea de una propiedad periférica destinada a la gestión de las tierras familiares de los Obregón.
Esta casa, con sus muros desconchados, es mucho más que una ruina. Es un monumento a la visibilidad de la mujer hidalga en la historia rural. Cada vez que pasemos ante ella, recordaremos que en 1855, una cillerana llamada Felipa Obregón tuvo la voluntad de firmar su propio destino.
Fuente: Nobles empadronados en Extremadura en 1829 - Conde de Canilleros y de San Miguel.

Milenaria población pre-romana, frontera entre Lusitanos y Vetones, adquirió cierta relevancia en época romana. Con la invasión musulmana, vuelve a ser territorio de frontera, en la llamada Trasierra Leonesa. Hasta el año 1213 no se produce la Reconquista definitiva del territorio por el Rey Alfonso IX de León, quien lo dona a la Orden Militar de Alcántara; el 20 de octubre de 1306 el décimo Maestre de la Orden, frey Gonzalo Pérez Gallego, concede a Cilleros la Carta de Villazgo.
