Dentro del rico patrimonio de la tradición oral extremeña, y muy especialmente en Cilleros, ocupa un lugar destacado el romance conocido como «Las señas del esposo». Transmitido de generación en generación por vía oral, este romance forma parte del amplio romancero viejo hispánico y ha sido cantado durante siglos en contextos domésticos y comunitarios, conservando una fuerza narrativa y emocional que aún hoy resulta reconocible.
«Las señas del esposo» pertenece al llamado romancero viejo, conjunto de romances de origen medieval que comenzaron a difundirse entre los siglos XIV y XV. Aunque su fijación por escrito es posterior, el tema y la estructura indican una procedencia claramente medieval.
El romance se inscribe dentro del ciclo de los romances de reconocimiento, un motivo muy antiguo en la literatura europea: un esposo ausente regresa tras largos años y pone a prueba la fidelidad o la memoria de su mujer antes de revelarse. Este mismo esquema narrativo aparece ya en la Odisea de Homero, con el regreso de Ulises, lo que demuestra la profundidad y universalidad del tema.
El argumento es sencillo y eficaz: Un hombre vuelve a su hogar tras una larga ausencia, generalmente por la guerra, y encuentra a su esposa. Ella no lo reconoce. Él, sin descubrir todavía su identidad, le pregunta por su marido. La mujer describe con detalle las señas (rasgos físicos y morales) de su esposo: cómo era, cómo vestía, qué armas llevaba o qué señales corporales lo distinguían. Finalmente, gracias a esas descripciones, se produce el reconocimiento, y el romance concluye con la revelación del esposo y el restablecimiento del vínculo matrimonial. El núcleo del romance no es solo el reencuentro, sino la fidelidad, la memoria amorosa y la identidad personal. La mujer demuestra que, a pesar del paso del tiempo, no ha olvidado a su marido ni ha quebrado el vínculo que los une.
Aunque su origen es medieval, «Las señas del esposo» ha tenido una extraordinaria pervivencia. Fue recogido por escrito desde el siglo XVI en cancioneros y pliegos sueltos, y más tarde por los grandes recopiladores del romancero en los siglos XIX y XX. La versión incluida en la obra el "Romancero Viejo" dice así:
-Caballero de lejas tierras, llegáos acá y paréis,
hinquedes la lanza en tierra, vuestro caballo arrendéis.
Preguntaros he por nuevas si mi esposo conocéis.
-Vuestro marido, señora, decid ¿de qué señas es?
-Mi marido es mozo y blanco, gentil hombre y bien cortés,
muy gran jugador de tablas y también del ajedrez,
En el pomo de su espada armas trae de un marqués,
y un ropón de brocado y de carmesí al envés;
cabe el fierro de la lanza trae un pendón portugués,
que ganó en unas justas a un valiente francés.
-Por esas señas, señora, tu marido muerto es;
En Valencia le mataron, en casa de un ginovés,
sobre el juego de las tablas lo matara un milanés.
Muchas damas lo lloraban, caballeros con arnés,
sobre todo lo lloraba la hija del ginovés;
todos dicen a una voz que su enamorada es;
si habéis de tomar amores, por otro a mí no dejéis.
-No me lo mandéis, señor, señor, no me lo mandéis,
que antes que eso hiciese, señor, monja me veréis.
-No os metáis monja, señora, pues que hacerlo no podéis,
que vuestro marido amado delante de vos lo tenéis.
En Extremadura, y particularmente en pueblos como Cilleros, Villamiel, Casas de Millán, etc, el romance se ha conservado vivo hasta fechas recientes, cantado por mujeres mayores, en el ámbito doméstico, durante labores del campo o en reuniones familiares. La transmisión oral ha dado lugar a numerosas variantes locales. Estas variantes no empobrecen el romance, sino que lo enriquecen, mostrando cómo cada generación lo ha hecho suyo.
La versión cillerana de «Las señas del esposo», recogida por Américo Castro, María Goyri, Ramón Menéndez Pidal y Federico de Onís durante la excursión dialectológica que realizaron a Sierra de Gata en septiembre de 1910, decía así:
Estaba la Catalina sentadita en el laurel,
con los pies a la frescura, viendo las aguas correr.
Pasó por allí un soldado, un soldadito del Rey.
—Dios te guarde, Catalina. —Y a usted, militar, también.
—¿Ha visto usted a mi marido en la guerra alguna vez?
—No, señora, no lo he visto ni sé qué tal hombre es.
—En la mano derecha tres anillos ha tener:
uno que le dio la Reina, otro que le ha dado el Rey,
otro que le di de moza cuando con él me casé.
A la punta de su lanza lleva un pañuelo bordés,
—Ese soldado, señora, ya se ha muerto más de un mes
y en el testamento queda que me case con usted.
—No lo quiera Dios del Cielo ni tampoco Santa Inés,
que mujer de mi linaje se case segunda vez,
que dos hijas tengo a las dos casaré:
la una con Don Antonio, la otra con Don Andrés;
un hijo que Dios me ha dado al rey se lo enviaré,
que donde murió su padre, que vaya a morir también.
«Las señas del esposo» no es solo un romance antiguo: es una historia viva que ha viajado durante siglos hasta llegar a Cilleros. Su permanencia demuestra la fuerza de la tradición oral y la necesidad de seguir recopilando, estudiando y difundiendo estos textos, auténticos tesoros de nuestra historia cultural.
Fuente: El romancero tradicional extremeño, Las primeras colecciones (1809-1910)




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