A principios del siglo XX, Extremadura no se entendía sin sus caminos. Pero en 1910, esos caminos, donde los hubiese, ya no solo llevaban a la dehesa o a la capital de la provincia; llevaban al puerto. Se estima que, durante esa década, miles de extremeños, muchos de ellos vecinos de la Sierra de Gata y pueblos como Cilleros, se sumaron a la gran corriente migratoria que convirtió a Argentina en el "segundo hogar" de los españoles y donde en un periodo de tan solo dos años emigraron más de 200 cilleranos.
El año 1910 no fue un año cualquiera. Argentina celebraba el primer centenario de su independencia y se mostraba al mundo como una nación moderna, rica y, sobre todo, necesitada de brazos.
Para el campesino cillerano, asfixiado por el malestar y miseria de la época, que ofrecía poco futuro y un trabajo de sol a sol con salarios de subsistencia, la propaganda argentina era una tentación irresistible. Los "ganchos" o agentes de las compañías navieras recorrían las plazas de nuestros pueblos prometiendo que en el Río de la Plata "el pan era blanco y la carne barata".
El viaje comenzaba mucho antes de subir al barco. Los extremeños debían cruzar media España en trenes de madera para llegar a Vigo, Cádiz o Lisboa. Allí les esperaban los gigantes de hierro: vapores como el Principesa Mafalda, el Infanta Isabel, el Valbanera o los buques de la Mala Real Inglesa que les llevarían a Río de la Plata, en Argentina. Pero, ¿Cómo era ese viaje?:
- En tercera clase: La mayoría de nuestros paisanos viajaban en los niveles inferiores del barco. Las condiciones eran duras, con dormitorios compartidos y el mareo como compañero constante, pero el ánimo se mantenía vivo gracias a las guitarras y los cantos que compartían con gallegos y asturianos. En 1910, el pasaje en tercera clase costaba unas 150 pesetas de la época. Para muchas familias, esto suponía vender todo su ganado o hipotecar sus pequeñas parcelas para que al menos un miembro del clan pudiera probar suerte.
- La llegada: Tras 20 días de océano, el horizonte de Buenos Aires y su moderno puerto recibían a los inmigrantes. El primer destino solía ser el Hotel de Inmigrantes, una enorme estructura donde se les daba alojamiento gratuito durante cinco días mientras buscaban trabajo.
A diferencia de otros grupos que preferían la ciudad, el extremeño de 1910 buscaba la tierra. Muchos se dirigieron a:
- La Pampa y Santa Fe: Para trabajar en la cosecha de cereal (el trigo era el oro de la época).
- Mendoza: Donde muchos cacereños llevaron sus conocimientos sobre la vid y el olivo.
- Buenos Aires (Provincia): En localidades como Chivilcoy o Pergamino, donde aún hoy los apellidos de nuestra zona resuenan con fuerza.
La emigración de 1910 cambió la fisonomía de Extremadura. Aquellos que lograron prosperar, los "indianos" o "americanos", enviaron dinero para arreglar el campanario, construir escuelas o levantar esas casas de fachadas señoriales que aún vemos en nuestras calles principales. Otros nunca regresaron físicamente, pero fundaron los Centros Extremeños en Buenos Aires o Rosario, donde cada domingo se comía migas y se recordaba el aire de la sierra.
Si hoy caminas por Buenos Aires, es muy probable que te cruces con un descendiente de aquel joven que en 1910 salió de Cilleros con una maleta de madera. Argentina no solo recibió brazos para trabajar; recibió el ADN de una Extremadura valiente que buscaba un mañana mejor.
Fotografía: Cilleros, 100 años de historia - Javier Tomé.






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