La mañana del 1 de diciembre de 1640, la neblina sobre el Tajo no presagiaba el terremoto político que estaba a punto de sacudir los cimientos de la Monarquía Hispánica. En el Palacio Real de Lisboa, un grupo de nobles decididos, hartos de seis décadas de lo que consideraban una ocupación extranjera, se disponía a ejecutar uno de los golpes de Estado más limpios y trascendentales de la historia europea.

Lo que la historiografía española llamó durante siglos la "Rebelión de Portugal" y la lusa ensalza como la "Restauración de la Independencia", fue en realidad un conflicto de una complejidad asombrosa. No fue solo una guerra de fronteras; fue un duelo de titanes diplomáticos, una lucha por el control de las rutas comerciales del Atlántico y el Índico, y, sobre todo, el acta de defunción de la hegemonía de los Habsburgo en la Península Ibérica. 

Para comprender la furia de 1640, debemos retroceder a 1580. Tras la desaparición del rey Don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, Felipe II de España, hijo de Isabel de Portugal, reclamó el trono luso. A pesar de la resistencia inicial, las Cortes de Tomar (1581) sellaron un pacto: Portugal y España compartirían monarca, pero el reino luso mantendría sus leyes, su moneda, sus fueros y, crucialmente, sus cargos administrativos y colonias en manos portuguesas.

Durante los reinados de Felipe II y Felipe III, este equilibrio se mantuvo con relativa estabilidad. Sin embargo, la llegada al trono de Felipe IV en 1621, y sobre todo el ascenso de su valido, el Conde-Duque de Olivares, lo cambió todo. Olivares tenía un sueño: la "Unión de Armas". Su objetivo era centralizar el poder y que todos los reinos de la monarquía contribuyeran equitativamente en hombres y dinero a las incesantes guerras en Flandes y Alemania. Para los portugueses, esto era una traición. No solo se les pedía pagar impuestos para guerras ajenas, sino que la unión con España les había convertido en el blanco de los enemigos de Madrid. Los holandeses e ingleses, potencias marítimas emergentes, comenzaron a desmantelar sistemáticamente el imperio colonial portugués en Brasil, Angola y las Indias Orientales, ante la aparente impotencia o indiferencia de la corte de Madrid. El descontento pasó de los palacios a las calles.

La década de 1630 fue un hervidero. Las revueltas de Évora en 1637 por el aumento de impuestos (el "impuesto del agua de vida") fueron el preludio. Pero la oportunidad de oro llegó en 1640, cuando Cataluña se levantó en la "Sublevación de los Segadores". Olivares, desesperado, exigió a la nobleza portuguesa que se armara para ir a combatir a los catalanes. Fue el error definitivo. "Los Cuarenta Conjurados", un grupo de la alta nobleza, decidieron que era el momento de actuar. El elegido para el trono era Juan, 8.º Duque de Braganza, el hombre más rico del reino y legítimo heredero por línea de la Casa de Avís.

La ejecución del golpe fue quirúrgica. Al grito de "Libertad y viva el Rey Don Juan", los conjurados asaltaron el palacio de Lisboa. Miguel de Vasconcelos, el odiado secretario de Estado que representaba los intereses de Olivares, fue encontrado escondido en un armario y defenestrado (arrojado por la ventana) hacia la multitud. La virreina, Margarita de Saboya, fue escoltada a la frontera. El 15 de diciembre de 1640, el Duque de Braganza fue coronado como Juan IV de Portugal. La noticia tardó días en llegar a Madrid, donde Olivares, en un alarde de cinismo diplomático, intentó presentar el suceso al Rey como una "ganancia", alegando que ahora podrían confiscar los inmensos bienes del Duque de Braganza. No sabía que acababa de perder un reino.

Proclamación del rey Juan IV de Portugal, 1640

Antes de que los reyes de España y Portugal volvieran a enfrentarse, la frontera apenas se percibía en la vida diaria de los vecinos de Cilleros. Los caminos cruzaban la raya sin demasiado control. Los ganados pastaban en terrenos cercanos a Portugal; los comerciantes acudían a ferias donde se mezclaban acentos y monedas. Los conflictos eran más económicos que políticos. Nadie imaginaba que aquel equilibrio precario iba a romperse de forma irreversible en 1640.

España no pudo reaccionar de inmediato. Con frentes abiertos en Francia, los Países Bajos, Italia y Cataluña, el ejército español estaba exhausto. Esta parálisis inicial permitió a Juan IV organizar lo que sería una defensa numantina.

La guerra se dividió geográficamente en "La Raya", la frontera luso-española. No se trataba de una invasión a gran escala, sino de una serie de incursiones punitivas, quema de cosechas y asedios a fortalezas clave. Portugal, consciente de su inferioridad numérica, adoptó una estrategia de fortificación moderna. Ingenieros militares, muchos de ellos extranjeros, transformaron ciudades como Elvas, Olivenza, Campo Maior y Valença do Minho en complejos sistemas de baluartes capaces de resistir la artillería pesada. España, pese a su superioridad teórica, tenía un problema mayor: no podía concentrar fuerzas suficientes sin descuidar otros frentes. La raya cacereña no figuraba entre las prioridades estratégicas. Aquella ausencia de tropas y de fortificaciones modernas convertiría a los pueblos en protagonistas forzosos de la guerra. Para recuperar Portugal, los españoles organizaron dos ejércitos: uno principal en Extremadura y otro en Galicia. Los portugueses fijaron su cuartel general en Elvas, mientras los españoles lo hacían en la vecina Badajoz. 

Uno de los Fuertes de la población de Elvas, Portugal

Pero la guerra no irrumpió de golpe. Llegó poco a poco. Primero fueron noticias de ataques aislados en otras comarcas. Después, relatos de incendios y saqueos. Finalmente, la certeza de que las partidas portuguesas utilizaban la movilidad como arma principal: grupos pequeños, rápidos, que aparecían y desaparecían antes de que pudiera organizarse defensa.

En el año 1642 la guerra se avivó, sobre todo en la Sierra de Gata. Comenzaron las incursiones sistemáticas y los vecinos comprendieron que la guerra no sería una campaña breve, sino un estado permanente. La ofensiva dirigida por el gobernador portugués Álvaro de Abrantes contribuyó a extender el miedo. El objetivo era claro: destruir la base económica de la frontera. En Cilleros, como en otros pueblos, las noches comenzaron a cambiar: se cerraban las puertas temprano, se organizaban turnos de vigilancia y el sonido de caballos en la oscuridad provocaba alarma inmediata.

En la cuaresma de 1642, vecinos de San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno cruzaron la frontera hacia Portugal para robar ganado. Aprovecharon su lengua materna, muy similar al portugués, para no ser reconocidos y llegaron hasta Alfaiates con éxito inicial. Sin embargo, fueron descubiertos en su regreso y tuvieron que huir con el botín.

El gobernador de la Beira, Francisco Téllez de Meneses, organizó un escarmiento tras conocer por sus espías la debilidad defensiva de la zona. Aunque inicialmente pensó en atacar Trevejo, redujo su objetivo a Valverde y Eljas por falta de fuerzas. Téllez de Meneses dirigió el grueso del ejército contra Valverde. Tras una resistencia heroica, el pueblo se rindió. Los portugueses no dieron cuartel, mataron a vecinos en sus casas, saquearon la villa y demolieron el fuerte. El general anexionó el pueblo a Portugal y tomó 30 rehenes. Simultáneamente, don Sancho Manuel atacó Eljas con la orden de compensar el robo de Alfaiates con el ganado local. Solo encontró ocho soldados que se rindieron de inmediato. No hubo víctimas civiles porque los habitantes habían huido a San Martín.

La noticia llegó a Badajoz y Ciudad Rodrigo, movilizando a los mandos españoles. Don Guillermo del Burgo fue enviado desde Badajoz para reforzar la defensa de Sierra de Gata. En su trayecto, se detuvo para organizar y asegurar las defensas de Alcántara, Zarza la Mayor y Cilleros.

El maestre Nicolás de Arnalte, con caballería y 2.000 voluntarios serranos, sitió el castillo de Eljas ocupado por los portugueses, cortándoles el suministro de agua y matando a seis soldados enemigos en una emboscada. El contraataque portugués no se hizo esperar: Téllez de Meneses regresó a Eljas, rompió el cerco español y obligó a Arnalte a retirarse y quedar sitiado dentro de San Martín de Trevejo.

El 24 de abril, mientras Guillermo del Burgo estaba en Cilleros, recibió un aviso urgente de Villamiel por temor a un ataque. Salió esa misma noche de Cilleros con un pequeño grupo, dejando instrucciones para que el resto de su tropa le siguiera al amanecer. Tras asegurar dicha villa, marchó hacia San Martín.

Arnalte resistía dentro de San Martín con 500 hombres frente a los 2.500 de Téllez de Meneses. Los portugueses ocuparon el convento y bloquearon el camino del puerto de Santa Clara para evitar refuerzos. El ataque comenzó el 25 de Abril a las diez de la mañana, con artillería e incendios de casas. Al mediodía, los portugueses hicieron una pausa para comer, mientras los defensores seguían apagando fuegos y reparando muros. Por la tarde, la caballería portuguesa cargó por la zona de la iglesia de San Pedro. Viendo la superioridad enemiga, Guillermo del Burgo decidió internarse en Portugal hacia Valverde para simular que cortaba la retirada portuguesa ante la llegada de refuerzos del Duque de Alba. El engaño funcionó: los portugueses se retiraron apresuradamente hacia Eljas.

El 27 de abril, ante la llegada real de las tropas del Duque de Alba, don Sancho Manuel desmanteló el castillo de Eljas y huyó hacia Portugal bajo persecución española. Una vez en el país vecino, el general portugués tuvo dificultades para reclutar más hombres en el río Torto, ya que los habitantes locales se negaban a combatir contra sus vecinos españoles por las buenas relaciones que mantenían. San Martín quedó prácticamente destruido y tuvo que ser reconstruido en una ubicación ligeramente diferente. Valverde y Eljas, que sufrieron daños menores, fueron reconstruidos sobre sus solares originales

Tras los grandes enfrentamientos iniciales, la guerra entró en una fase de "tregua menor", aunque las hostilidades nunca cesaron realmente. Este periodo se definió por golpes de mano continuos en ambos lados de la frontera ("La Raya"), que provocaron la ruina tanto en las zonas españolas como en las portuguesas.

El gobernador portugués don Álvaro de Abrantes da Cámara fue el principal responsable de los ataques más dañinos en la frontera de Salamanca y Cáceres (Sierra de Gata). El 16 de septiembre de 1643, bajo las órdenes de Abrantes, don Lorenzo da Costa lideró una tropa compuesta por 500 soldados de caballería y 200 de infantería contra Moraleja. El objetivo principal de la misión fue incendiar la villa de Moraleja, lo cual se logró sin encontrar resistencia significativa. Tras atacar Moraleja, las tropas portuguesas realizaron acciones rápidas contra otros asentamientos pequeños como Puñonrostro y El Fresno (término de Gata). Estos poblados quedaron tan destruidos que permanecieron despoblados de forma permanente durante los siglos siguientes.

Los primeros años demostraron que la defensa improvisada no bastaba. Era necesario crear refugios permanentes. Así surgieron en muchas de las poblaciones raianas los fuertes abaluartados (Cilleros, Villamiel, San Martín de Trevejo, Valverde del Fresno, Moraleja, etc) una obra adaptada a recursos locales pero inspirada en los principios modernos de la fortificación bastionada.

Los planos históricos del Fuerte de Cilleros muestran una estructura rectangular con cuatro baluartes de esquina y un acceso reforzado en el lado norte. En su interior quedaba la iglesia de Nuestra Señora de los Apóstoles, convertida en núcleo defensivo. Empalizadas conectaban el recinto con el casco urbano, facilitando la evacuación rápida.

El diseño revela la realidad estratégica: no era una plaza para resistir asedios largos, era un recinto-refugio, un espacio donde concentrar población y ganado mientras se organizaba la defensa.

Plano del Fuerte de Cilleros, 1644. Colección Gaignières en la Biblioteca Nacional de Francia

Ante la escasez de tropas regulares, la respuesta surgió desde abajo. Los vecinos crearon grupos de defensa conocidos como "montados", milicias locales a caballo cuya eficacia dependía de algo que ningún ejército profesional podía improvisar: el conocimiento íntimo del terreno. Las fuentes señalan que los montados más numerosos y organizados tácticamente eran los de Zarza la Mayor y Cilleros. En la práctica, esto significaba que Cilleros se había convertido en centro operativo de la defensa local.

El 26 de mayo de 1644, las llanuras de Montijo (Badajoz) fueron testigos de la primera gran batalla formal del conflicto. Apenas cuatro días antes, el general portugués Matias de Albuquerque había logrado tomar la plaza por sorpresa al mando de siete mil soldados. La respuesta española no se hizo esperar: Carlo Andrea Caracciolo, el marqués de Torrecusa, contraatacó con un ejército algo superior en número.

El encuentro comenzó de forma prometedora para las armas españolas, que lograron romper las líneas enemigas y forzar la retirada lusa. Sin embargo, en un giro inesperado, la disciplina se desmoronó. En lugar de perseguir al adversario para consolidar la victoria, los soldados españoles se entregaron al saqueo del botín abandonado por los portugueses. Este error táctico fue fatal: permitió que las tropas de Albuquerque se reagruparan, recuperaran su artillería y lanzaran un contraataque que les dio la victoria definitiva. A pesar de este triunfo portugués, el impacto del choque fue tal que nunca más volvieron a intentar una incursión tan profunda en territorio castellano.

El contraataque español llegaría meses después, en noviembre. El marqués de Torrecusa partió desde Badajoz con una fuerza imponente: 12.000 infantes, 2.600 jinetes y un pesado tren de artillería que incluía veinte piezas y dos morteros. Tras cruzar el río Guadiana, el ejército avanzó hacia Campomayor. Aunque se realizó un reconocimiento de la plaza de Olivenza, el marqués decidió pasarla de largo por su escaso valor estratégico y centró sus esfuerzos en Elvas.

Los españoles establecieron un asedio de ocho días sobre la ciudad, pero la resistencia fue feroz. El marqués de Alegrete logró reforzar la guarnición a tiempo, permitiendo a los defensores soportar los embates españoles. Finalmente, ante la imposibilidad de romper las defensas y tras sufrir cuantiosas bajas, el ejército de Torrecusa se vio obligado a levantar el sitio y emprender el amargo regreso a través de la frontera.

Batalla de Montijo, 1644

Aunque militarmente fue un encuentro desordenado y ambos bandos reclamaron la victoria, el impacto psicológico fue enorme: los portugueses demostraron que podían sostener una línea de batalla frente a los veteranos de Castilla.


Fuentes: La frontera cacereña ante la Guerra de Restauración de Portugal: Organización defensiva y sucesos de armas (1640-1668) - Juan Antonio Caro del Corral; Guerra y milicia en 1642. El año del ataque portugués a Sierra de Gata - Juan Antonio Caro del Corral; Historia de Sierra de Gata - Domingo Domené Sánchez; Escaramuzas en la frontera cacereña con ocasión de las guerras por la independencia de Portugal - Gervasio Velo y Nieto; Fortalezas de La Raya cacereña.