En los años posteriores a 1644, la frontera se convirtió en un escenario de guerra casi cotidiana. Pueblos fortificados, convoyes atacados y rápidas cabalgadas definieron la vida militar en ambos lados de la raya. En febrero de 1646, un grupo de portugueses de Monsanto robó bueyes en Torre la Mata, una zona desprotegida por su ambigüedad jurisdiccional. En respuesta, las milicias a caballo ("montados") de los pueblos españoles atacaron Penha-Garçía para recuperar su honor, llevándose ganado pero respetando la integridad de las personas y las propiedades. Tras estos incidentes, el cansancio general por la guerra dio paso a una etapa de relativa calma que se aprovechó para reforzar la defensa de la comarca, con la reconstrucción y mejoras en algunos de los Fuertes.
Firmada la Paz de Westfalia, en el año 1649, Portugal lanzó una fuerte ofensiva para obligar a España a reconocer su independencia. Ante la amenaza en la frontera (Valverde, Eljas y Cilleros), el general Pedro Díaz de Quintanar ordenó al capitán Andrés de Rada movilizar a las milicias locales desde Gata. Sin embargo, la movilización fracasó debido a la desconfianza y pasividad entre los pueblos vecinos.
El capitán de Rada, indignado por la falta de apoyo, protagonizó un altercado violento: tras golpear a un soldado indisciplinado, el capitán se refugió en casa del cura de Torre de Don Miguel para escribir órdenes de movilización. Un familiar del soldado herido intentó disparar al capitán, pero erró el tiro y mató accidentalmente a un sacerdote (que resultó ser su propio tío). La población, creyendo que el capitán era el asesino, intentó lincharlo. El enfrentamiento se saldó con la muerte del alférez Tomé Hernández, que era vecino de Cilleros. Aunque hubo un proceso judicial y condenas, el rey perdonó a los implicados gracias a la intercesión del cura Pedro Manzano.
Finalmente, los portugueses no atacaron por donde se esperaba, sino a través del valle del Árrago: tomaron y saquearon Descargamaría, enfrentándose a una coalición de pueblos de la Sierra que sufrieron bajas. Las milicias de Cilleros y Zarza, las mejor organizadas, lanzaron una contraofensiva tan eficaz que los portugueses desistieron de atacar la zona por un tiempo, desviando sus ataques hacia las tierras más indefensas del sur de Salamanca.
A mediados del siglo la guerra entró en una fase de desgaste mutuo. Portugal intentó en ocasiones pasar a la ofensiva, pero sus recursos limitados imponían prudencia.
En Septiembre de 1656, tras un periodo de calma, la paz se rompió debido a una incursión ajena a los vecinos de la Sierra. Unos 80 jinetes de Ciudad Rodrigo llegaron a Valverde del Fresno con la intención de saquear Portugal para compensar las pérdidas de sus propias cosechas. Pese a las dudas iniciales del sargento mayor Diego de Rueda, este terminó autorizando la misión y apoyándola con 50 soldados adicionales para preparar una emboscada a los portugueses. La operación, que mezclaba lo militar con el simple robo de ganado, fracasó por dos motivos: la falta de discreción, ya que los preparativos llegaron a oídos de los portugueses. Y la captura de un joven pastor que cruzó el río Torto y, bajo tortura, confesó los planes de la expedición. La sorpresa se perdió y los españoles sufrieron numerosas bajas. Portugal interpretó este intento de saqueo como una provocación formal y lanzó una represalia masiva: invadieron Sierra de Gata con 2.500 soldados y realizaron una requisa sistemática de víveres y ganado.
La guerra seguía en una fase de desgaste mutuo. Portugal intentó en ocasiones pasar a la ofensiva, pero sus recursos limitados imponían prudencia. El ejemplo más ambicioso fue el asedio de Badajoz en 1658. Un gran ejército portugués, convencido de la debilidad de las defensas, trató de tomar la plaza extremeña. Tras veintidós días de operaciones, la empresa fracasó y los sitiadores tuvieron que retirarse. El fracaso confirmó que la guerra seguiría siendo larga. Ninguno de los dos contendientes tenía fuerza suficiente para asestar un golpe definitivo.
Ese mismo año, Sancho Manuel, antiguo conocido por la destrucción de Eljas y ahora gobernador de la Beira, realizó una incursión con 500 jinetes y 25 infantes. Su estrategia fue recorrer las zonas más indefensas y peor fortificadas de la Sierra: entró por la despoblada Salvaleón y cruzó Cilleros, Perales, Hoyos, Acebo, Villasbuenas, Gata, Torre, Robledillo y Descargamaría. No solo saqueó ganado, sino que quemó sistemáticamente los ayuntamientos. Su objetivo era destruir los archivos municipales para generar caos administrativo y problemas de gobernabilidad a largo plazo. Tras vaciar la zona de ganado, decidió no regresar y centrar sus futuros ataques en áreas como Zarza la Mayor y Alcántara.
Mientras los nobles del ejército español sufrían problemas de abastecimiento en sus cuarteles generales, ignoraban la protección de Sierra de Gata. Ningún alto mando visitó la zona para defenderla, pero sí recurrieron a ella como fuente de recursos para aliviar las carencias del Cuartel General situado en el Fuerte de la Concepción (Salamanca), donde los alimentos frescos escaseaban.
Portugal sabía que no podría sobrevivir sola. Juan IV y sus sucesores desplegaron una diplomacia febril. El enemigo de mi enemigo es mi amigo: Francia se convirtió en el aliado natural. El cardenal Richelieu y más tarde Mazarino enviaron oficiales, tropas y subsidios, viendo en Portugal el instrumento perfecto para desangrar a la Monarquía Hispánica por la espalda. Sin embargo, el apoyo francés fue voluble. En 1659, Francia y España firmaron la Paz de los Pirineos, y Luis XIV prometió abandonar la causa portuguesa. Pero la diplomacia lusa guardaba un as bajo la manga: Inglaterra.
En 1662, se fraguó el matrimonio entre la infanta Catalina de Braganza y el rey Carlos II de Inglaterra. El dote fue astronómico: la entrega de Tánger y Bombay, además de privilegios comerciales. A cambio, Inglaterra envió brigadas de soldados veteranos y su poderosa flota para proteger la costa portuguesa. Este pacto no solo salvó a Portugal, sino que sentó las bases de la alianza anglo-lusa que perdura hasta hoy. Mientras la guerra se recrudecía, la política interna portuguesa era un polvorín. Tras la muerte de Juan IV en 1656, su viuda, Luisa de Guzmán (curiosamente, de origen español, de la casa de Medina Sidonia), asumió la regencia con una mano de hierro admirable. Ella fue quien mantuvo el ánimo del país en los momentos más oscuros.
Sin embargo, el heredero, Alfonso VI, era un joven con graves problemas físicos y mentales. En 1662, un golpe de palacio liderado por el Conde de Castelo Melhor apartó a la reina madre y tomó el poder en nombre del rey, iniciando una fase de gobierno dictatorial pero extremadamente eficaz en lo militar. Castelo Melhor entendió que la guerra debía ganarse pronto o el país colapsaría económicamente. Reorganizó el ejército, contrató al brillante general alemán Federico de Schomberg y preparó a Portugal para la ofensiva final.
En la década de 1660, con la cuestión catalana resuelta, España lanzó todo su peso contra Portugal. Fue el periodo de las "Grandes Campañas". Felipe IV, ya anciano, estaba obsesionado con recuperar el reino perdido.
- > Batalla de las Líneas de Elvas (1659): Los españoles sitiaron Elvas durante meses. Cuando la ciudad estaba a punto de capitular, un ejército de socorro portugués rompió las líneas españolas de forma heroica. Fue la señal de que Portugal no se rendiría.
- > Batalla de Ameixial (1663): Don Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, lideró una invasión masiva que llegó a tomar Évora. Sin embargo, en su retirada, fue interceptado en Ameixial. La carga de la infantería anglo-portuguesa fue devastadora. Los españoles perdieron toda su artillería y el tesoro real.
- > Batalla de Castelo Rodrigo (1664): En el frente norte, el Duque de Osuna fue derrotado estrepitosamente, perdiendo miles de hombres ante una fuerza portuguesa inferior en número pero mejor posicionada.
- > Batalla de Montes Claros (1665): El acto final. El Marqués de Caracena, uno de los mejores generales españoles, se enfrentó al Marqués de Marialva y a Schomberg. Fue una carnicería. La caballería española se estrelló contra los cuadros de infantería portuguesa. Al final del día, el ejército español había dejado de existir como fuerza ofensiva.
Tras la derrota española en Montesclaros y la llegada al trono de Carlos II, el nuevo gobernador de la Beira, Alfonso Hurtado de Castro, se propuso dar el golpe definitivo a la resistencia en la zona desde su cuartel en Penamacor. Siguiendo la tradición, el nuevo gobernador ordenó que 100 hombres fueran a reconocer las fortificaciones de Cilleros y de paso ver si se encontraban con algo útil. Los cilleranos que dormían con la mosca en la oreja no se dejaron sorprender y los portugueses tuvieron que marcharse cariacontecidos, aunque lograron robar 300 ovejas a un pastor en su huida.
Al no poder por los extremos, el gobernador atacó por el centro con 2.300 hombres. La noche del 15 de diciembre de 1665 tomó Villamiel. La caballería española huyó al castillo de Trevejo y el fuerte de Villamiel fue volado. El pueblo se rindió tras un saqueo sistemático. Aprovechando un error de relevo en las tropas españolas, Hurtado de Castro marchó sobre Valverde. El gobernador local se rindió sin condiciones. Los portugueses saquearon el pueblo (respetando solo los templos por la fe del general) y volaron el fuerte justo antes de que llegaran los refuerzos españoles.
España se enfrentaba a una situación desesperada: el tesoro estaba vacío, los ejércitos diezmados y Francia amenazaba de nuevo en Flandes. Ya no tenía sentido seguir luchando por un Portugal que se sentía plenamente independiente.
El 13 de febrero de 1668, se firmó el Tratado de Lisboa bajo la mediación de Inglaterra. Los puntos clave fueron:
- -España reconocía la total soberanía de Portugal y la legitimidad de la Dinastía de Braganza.
- -Se restablecían las fronteras anteriores a 1580.
- -El caso de Ceuta: Durante la guerra, la ciudad norteafricana de Ceuta, que había sido portuguesa, decidió permanecer fiel a Felipe IV por sus vínculos comerciales y defensivos con España. En el tratado, Portugal cedió formalmente Ceuta a España, siendo hoy la única huella territorial de aquel conflicto en la configuración de la España actual.
Tras la firma de la paz y el reconocimiento de la independencia de Portugal, la Sierra de Gata se enfrentó a una realidad social y económica desoladora. La recuperación de las heridas de guerra se vio obstaculizada por tres factores críticos:
- > Crisis agraria: entre 1665 y 1668, coincidiendo con los últimos ataques portugueses, la comarca sufrió cuatro años de malas cosechas y plagas de langosta.
- > Hambre y mortalidad: la escasez de alimentos provocó hambrunas generalizadas y un aumento notable en el número de defunciones.
- > Inflación galopante: a diferencia de los años de guerra, donde los precios fueron estables, la posguerra trajo una subida desenfrenada del coste de la vida.
Vista desde la distancia, la Guerra de Restauración portuguesa no fue espectacular, pero sí decisiva. No hubo una batalla única que decidiera el destino de la Península. Lo que hubo fue algo más silencioso y, en cierto modo, más moderno: una guerra de desgaste, de diplomacia persistente y de resistencia nacional.
Portugal no venció por aplastar a España en el campo de batalla, sino por sobrevivir el tiempo suficiente. Y en el siglo XVII, como tantas veces en la historia, sobrevivir ya era ganar.
Fuentes: La frontera cacereña ante la Guerra de Restauración de Portugal: Organización defensiva y sucesos de armas (1640-1668) - Juan Antonio Caro del Corral; Guerra y milicia en 1642. El año del ataque portugués a Sierra de Gata - Juan Antonio Caro del Corral; Historia de Sierra de Gata - Domingo Domené Sánchez; Escaramuzas en la frontera cacereña con ocasión de las guerras por la independencia de Portugal - Gervasio Velo y Nieto; Fortalezas de La Raya cacereña.







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