Quien camine hoy por los campos que rodean Cilleros, especialmente por las zonas de dehesa, olivares o antiguos baldíos de pasto, encontrará con frecuencia una serie de construcciones humildes pero profundamente ligadas a la historia del trabajo rural: las majadas. Aunque muchas se hallan hoy arruinadas o cubiertas por la vegetación, durante siglos formaron parte esencial de la vida ganadera del término.

En el ámbito tradicional de la ganadería extensiva, una majada es el lugar donde el pastor recoge el ganado para pasar la noche o resguardarse durante las jornadas de pastoreo. Suele estar formada por un corral cercado, generalmente de piedra, y un refugio o chozo para el pastor.

Estas instalaciones se situaban normalmente en zonas con pastos y agua cercanos, y en relación con caminos ganaderos o áreas de pastoreo habitual. Allí se reunía el rebaño al final del día, se realizaban tareas como el ordeño o el descanso nocturno del ganado y el propio pastor encontraba cobijo frente al frío, la lluvia o el viento.

Las majadas que encontramos en el término de Cilleros responden a una arquitectura muy característica de las comarcas de la Sierra de Gata y el noroeste de la provincia de Cáceres: la piedra seca.

Este sistema constructivo consiste en levantar los muros colocando las piedras unas sobre otras sin utilizar mortero ni argamasa. Se trata de una técnica muy antigua, transmitida de generación en generación, que permitía aprovechar la abundante piedra del terreno y levantar estructuras resistentes con pocos medios.

En una majada tradicional podían distinguirse varios elementos:

  • -El elemento más emblemático es, sin duda, el chozo. Adosado generalmente al muro del corral o situado en un rincón estratégico, este pequeño habitáculo servía de refugio al pastor durante las noches de vigilancia o ante las inclemencias del tiempo. En Cilleros, predominan los chozos de planta circular, coronados por una falsa cúpula (o bóveda por aproximación de hiladas). Las piedras se van colocando en círculos concéntricos, cada vez más cerrados, hasta que una gran laja final sella el techo. Entrar en uno de ellos es retroceder en el tiempo: el frescor en verano, el calor en invierno y ese aroma a humo de encina que parece haberse quedado impregnado en las paredes tras décadas de lumbres hoy apagadas.
  • -El corral adjunto es un espacio cercado por muros de media altura, diseñados para proteger al ganado de los depredadores (como el lobo, antaño muy presente) y para facilitar el ordeño o el marcado de las reses. A menudo, el diseño del corral aprovecha los afloramientos rocosos naturales del terreno, integrando el paisaje en la construcción de manera orgánica.

Hasta bien entrado el siglo XX, la economía rural de Cilleros combinaba agricultura y ganadería. Cabras, ovejas y en menor medida vacas o cerdos aprovechaban los pastos de la dehesa y de los montes cercanos. La vida en estas construcciones era dura. No había agua corriente ni electricidad y el aislamiento era casi total, por lo que el pastor debía abastecerse periódicamente desde el pueblo con alimentos, utensilios o herramientas. Aun así, durante generaciones constituyeron una parte inseparable del paisaje ganadero.

Cilleros posee uno de los conjuntos de arquitectura negra y de piedra seca más ricos de la Sierra de Gata. Sin embargo, estas construcciones están en peligro. El abandono de las prácticas pastoriles tradicionales y el paso de los años amenazan con convertir estas joyas en simples montones de escombros.

Hoy muchas majadas han quedado abandonadas debido al descenso del pastoreo tradicional. Algunas han sido reutilizadas como corrales ocasionales, otras apenas sobreviven como círculos de piedra medio derruidos que apenas delatan su antiguo uso.

Sin embargo, estas construcciones poseen un enorme valor etnográfico. Son testimonio de una forma de vida ligada a la ganadería extensiva, al conocimiento del terreno y al aprovechamiento de los recursos naturales.

Cada majada que se conserva en el término de Cilleros cuenta, en silencio, la historia de los pastores que durante siglos recorrieron estos campos con sus rebaños. Y aunque muchas estén hoy en ruinas, siguen siendo parte fundamental del paisaje histórico del municipio.