Hubo un tiempo, no tan lejano, en que en Cilleros el agua no salía del grifo, sino que se iba a buscar. Quien hoy pasea por las calles y plazas de Cilleros ya no verá las antiguas fuentes y pilones como elementos más del paisaje urbano, discreto y silencioso. Sin embargo, durante décadas fueron uno de los verdaderos centros de la vida diaria de la villa.
Antes de la traída moderna de aguas en la década de 1940, el abastecimiento doméstico se organizaba en torno a los pozos existentes en la población o alrededores. A partir de esta fecha, cuando se ejecutó la traída de aguas desde Las Canalejas, se suministró agua a la primera fuente pública de la población, la situada en la plaza del Ayuntamiento. Posteriormente llegarían otras fuentes repartidas por las diferentes plazas, como esta Fuente de la Plaza del Llano.
En muchas casas de Cilleros, especialmente hasta bien entrado el siglo XX, el día comenzaba con una tarea imprescindible: ir por agua. Era un trabajo constante, repetido mañana y tarde, que recaía sobre todo en mujeres, muchachas y también en los niños mayores. Con el cántaro al cuadril, en la cabeza sobre el rodete o colgado de un brazo, se caminaba hasta la fuente más cercana. Allí rara vez se estaba solo. Las fuentes eran lugares de paso continuo: vecinas que llenaban para el gasto diario, chiquillos encargados de “traer un cántaro” y hombres que aprovechaban para abrevar alguna caballería.
Además de su función práctica, la fuente era también un pequeño centro social. Mientras se esperaba turno se hablaba de lo que ocurría en el pueblo, se comentaban cosechas, enfermedades, novedades familiares y alguna que otra riña (me viene a la memoria mi tía María). Muchas noticias corrían primero de boca en boca junto al caño.
Llenar no era cuestión de abrir y cerrar. Había que esperar turno, colocar bien el cántaro bajo el caño, vigilar que no se volcara y, después, emprender el camino de vuelta procurando no derramar el contenido. Cada viaje suponía varios minutos, a veces muchos, y en una casa se necesitaban varios cántaros al día. El agua se destinaba a todo: beber, cocinar, fregar, asearse someramente y dar de beber a los animales domésticos. Por eso nunca sobraba.
La fábrica de la Fuente del Llano delata bien su doble función. El gran pilón longitudinal es propio de los abrevaderos ganaderos. El pueblo vivía entonces en estrecha relación con la ganadería, y el espacio público se diseñaba pensando también en las caballerías y el ganado menor. La curvatura en alguna de las piedras se debía a que los vecinos solían aprovechar la misma y la presencia cercana de agua para afilar las herramientas y navajas. No era extraño que, en determinados momentos del día, el ambiente mezclara el trasiego de cántaros con el resoplido de las bestias bebiendo en el pilón. Sería una escena común en Cilleros.
Por su tipología, todo apunta a que la fuente se construyó en una fecha cercana a la mitad del siglo XX. Las grandes losas, entre ellas la que tenía la inscripción, posiblemente fueron reutilizadas, práctica muy habitual en la obra pública rural para abaratar costes y aprovechar material disponible.
Con la generalización del agua domiciliaria en la segunda mitad del siglo XX, la fuente del Llano fue perdiendo su función original. El trasiego de cántaros desapareció, el abrevadero dejó de ser necesario y la fuente sencillamente, desapareció.




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