La proclamación de la Segunda República en abril de 1931 abrió un periodo de profundas esperanzas de cambio en España, especialmente en el mundo rural. En regiones como Extremadura, donde predominaban los grandes latifundios y una masa de jornaleros sin tierra, la llegada del nuevo régimen fue recibida con entusiasmo por amplios sectores campesinos.
Uno de los pilares del programa reformista republicano fue la Ley de Reforma Agraria de 1932, diseñada para corregir los desequilibrios estructurales en la propiedad de la tierra. Esta ley pretendía expropiar grandes fincas infrautilizadas y redistribuirlas entre campesinos sin recursos, fomentando así una mayor justicia social y productividad agrícola. Sin embargo, la aplicación de la reforma fue lenta, compleja y limitada. La falta de recursos, la resistencia de los grandes propietarios y los cambios políticos constantes hicieron que, en la práctica, muy pocos jornaleros accedieran a la tierra prometida. En comarcas como la Sierra de Gata, incluida Cilleros, la decepción fue creciendo con el paso de los años.
Un ejemplo de esto lo encontramos en una noticia publicada en la prensa provincial en marzo de 1933, cuando la Guardia Civil del puesto de Cilleros, auxiliada por la propia del puesto de Moraleja, se personaron en la dehesa de "La Mata" para expulsar a los yunteros que se encontraban roturando en la misma. En Noviembre del mismo año, otros diez vecinos de Cilleros fuero sorprendidos cuando se encontraban roturando y sembrando arbitrariamente en otra finca de Moraleja.
A comienzos de 1936, el campo extremeño vivía una situación límite. El desempleo agrícola alcanzaba cifras muy elevadas, agravado por una climatología adversa que impedía las labores del campo y por una estructura agraria profundamente desigual. En Cilleros esta realidad se manifestaba en una economía basada casi exclusivamente en el trabajo agrícola, con abundancia de jornaleros y escasez de tierras en propiedad. La Segunda República, que había despertado tantas expectativas, comenzaba a generar frustración entre quienes no veían mejoras en sus condiciones de vida.
El detonante llegó el 25 de marzo de 1936, cuando la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT-UGT) organizó una acción coordinada sin precedentes: decenas de miles de campesinos ocuparon pacíficamente cientos de miles de hectáreas en numerosas localidades extremeñas.
La operación fue meticulosamente planificada. Los jornaleros, provistos de herramientas de trabajo, delimitaban las fincas, levantaban actas ante las autoridades municipales y regresaban ordenadamente a sus pueblos. Lejos de un levantamiento violento, se trató de una demostración organizada de presión social. Aunque no existen crónicas detalladas específicas de Cilleros dentro de esta jornada, la participación de la Sierra de Gata en el movimiento obrero de los años republicanos permite afirmar que localidades como la nuestra no fueron ajenas a la movilización. La estructura social del municipio —basada en pequeños campesinos y jornaleros— encajaba plenamente en el perfil de los protagonistas de estas ocupaciones.
Según el Boletín del Instituto de Reforma Agraria de marzo de 1936, en dicho mes en Cilleros se habían ocupado 3 fincas con una superficie de 384 hectáreas y colocado a 110 yunteros de la población. En la vecina Moraleja, 6 fincas con 447 hectáreas y 241 yunteros; y en Valverde del Fresno 8 fincas, con 200 hectáreas y 90 yunteros colocados.
La magnitud de las ocupaciones generó alarma tanto en el Gobierno como en los sectores propietarios. Las autoridades intentaron frenar el movimiento mediante órdenes a los alcaldes para que se opusieran a las ocupaciones, aunque en muchos casos estas fueron aceptadas de facto. Lejos de resolver el problema, la movilización campesina evidenció la profundidad del conflicto agrario en España. La tensión social siguió aumentando en los meses siguientes.
El estallido de la Guerra Civil en julio de 1936 transformó radicalmente la situación. En la Sierra de Gata, incluida Cilleros, se produjeron intentos iniciales de resistencia frente al golpe militar, aunque de forma descoordinada y efímera. La represión posterior fue especialmente dura. Muchos de aquellos campesinos que habían participado en las ocupaciones de marzo serían perseguidos, encarcelados o ejecutados, en un proceso que buscaba eliminar cualquier forma de organización y protesta en el campo extremeño.
La rebelión campesina de 1936 constituye uno de los mayores movimientos de masas del campesinado en la Europa occidental del siglo XX, aunque durante décadas permaneció en gran medida olvidada. En Cilleros, como en tantos pueblos de Extremadura, esta historia forma parte de una memoria colectiva marcada por la lucha por la tierra, la esperanza republicana y la tragedia posterior. Recuperarla permite comprender mejor el pasado y reconocer el papel de quienes, desde el mundo rural, protagonizaron uno de los intentos más significativos de transformación social en la España contemporánea.

.png)



0 Comentarios