Mucho se ha escrito sobre la polifacética carrera de Darío Bacas Montero, pero a menudo su faceta como inventor e industrial queda eclipsada por su imponente carrera militar. Hoy, en nuestro blog, queremos profundizar en su dedicación a la investigación y en cómo sus patentes buscaron modernizar el pilar económico de nuestro pueblo: el aceite de oliva.


A principios del siglo XX, tras una brillante carrera en la Armada, Darío Bacas volcó su ingenio en rentabilizar y mejorar los olivares que heredó de sus padres en Cilleros. No se limitó a ser un propietario ausente; por el contrario, era propietario de un molino de aceite junto al arroyo del Campillo y se convirtió en un pionero del I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) cuando esos términos ni siquiera existían.

Su primer gran hito en este campo llegó en diciembre de 1901, cuando registró una marca de fábrica para distinguir sus "Aceites comestibles". Lo curioso de esta marca era su diseño: "consiste en una especie de estrella o flor, cuyo perfil se forma de la manera siguiente: se traza una circunferencia que se divide en seis partes iguales, y por los puntos de división se trazan circunferencias del mismo radio que aquella; los arcos d esas circunferencias, interceptados por la primera, dan trazado de la marca".


Pero su mayor aportación técnica llegaría en 1903 con la Patente nº 31937, titulada: “Un nuevo procedimiento para la extracción de aceites de oliva y de granos oleaginosos”.

En aquella época, para extraer el aceite de los restos de la masa prensada (los orujos), se solía utilizar sulfuro de carbono como disolvente. Darío Bacas, consciente de la toxicidad de este compuesto y preocupado por la pureza del producto, ideó un sistema mecánico mucho más limpio. Su método proponía:
  • -Aplicar centrifugación utilizando filtros de tela metálica y franela.
  • -Uso de agua a temperatura ambiente para arrastrar los restos de aceite de forma física, no química.
  • -Evitar por completo el uso de sulfuro de carbono, logrando que los orujos quedaran totalmente exentos de residuos oleaginosos de forma natural.

Para los residuos finales más difíciles, proponía el uso de agua caliente o lejías, pero con una honestidad industrial admirable: recomendaba no mezclar esta última extracción con las anteriores. Es muy probable que estos aceites de menor calidad, obtenidos mediante lejía, se destinaran a la fábrica de jabones que, según los testimonios orales, Darío Bacas poseía en nuestra villa.

La calidad de sus aceites refinados y su innovador sistema no pasaron desapercibidos. En 1903, Darío Bacas fue galardonado con la Medalla de Plata en la Exposición Onubo-Extremeña de Huelva, un escaparate fundamental para los productos de la tierra.

Pero, su ambición no se detenía en las fronteras españolas. Sabemos que mantuvo contactos con la Unión Ibero-Americana con el firme objetivo de establecer relaciones comerciales directas. Darío quería que el aceite de Cilleros cruzara el océano y compitiera en los mercados hispanoamericanos, llevando el nombre de nuestro pueblo a las mesas de ultramar.


La figura de Darío Bacas nos enseña que el amor por la tradición de Cilleros no estaba reñido con la vanguardia tecnológica. Al idear sistemas de refinado más sanos y eficientes, no solo buscaba el beneficio económico, sino la excelencia de un producto que hoy seguimos defendiendo con orgullo.

Desde este blog, invitamos a todos los cilleranos a mirar nuestros olivares no solo como un paisaje, sino como el laboratorio donde un genio local decidió, hace más de cien años, que nuestro aceite podía ser el mejor del mundo.


Fuentes: Boletín oficial de la propiedad intelectual e industrial; Las patentes de Dario Bacas - Javier del Rey Patín; Unión Ibero-Americana. 9/1903.