El siguiente artículo, escrito en 1918 por un guardia civil destinado en Cilleros bajo el seudónimo de “Pico”, narra en primera persona una historia que mezcla vivencias reales, compañerismo y reflexión sobre la vida en el Cuerpo.
Desde este enclave fronterizo con Portugal, describen su día a día: patrullas por parajes de la frontera portuguesa, la vigilancia del paso de personas y las duras condiciones del servicio. A través de sus diálogos, el texto refleja también las inquietudes profesionales de los guardias civiles de la época: la precariedad de medios, la necesidad de mejoras en el uniforme (como impermeables o polainas de mejor calidad), los bajos sueldos y la crítica al caciquismo.
Uno de los pasajes más llamativos es el relato de un sueño de Antonio, en tono simbólico y humorístico, en el que ambos ascienden al cielo y conversan con San Pedro. En esta escena, incluso el santo reconoce las dificultades del servicio y anticipa mejoras futuras para el Cuerpo, en una mezcla de ironía, esperanza y reivindicación.
El artículo ofrece así un valioso testimonio de la vida cotidiana de la Guardia Civil en la frontera de Cilleros a comienzos del siglo XX, destacando el compañerismo, la dureza del trabajo y la aspiración constante a unas condiciones más dignas.
Antonio y yo vimos la luz por primera vez en un simpático pueblo de Extremadura la alta, en él nos educaron, en él crecimos y en él vivimos hasta que el destino dispuso de nosotros, cual si nos hubiera dicho: «Ya tenéis estado, dejad vuestro pueblo, vuestros padres, y si aquí poseéis algo, dejadlo también y...ya, después de algún tiempo de haber cumplido con nuestra madre patria, dejamos el pueblo que nos vio nacer y en él dejamos a nuestros padres marchando nosotros, uno a Andalucía, a orillas del Mediterráneo, y otro a orillas del Cantábrico, en Asturias. En estos puntos vestimos por primera vez el uniforme de guardias civiles que nos honra.
Pocos años después, y previa solicitud y aprobación de ésta, regresamos a nuestra Extremadura y por casualidad, adonde por casualidad también, habían ocurrido dos vacantes de otros compañeros que hoy ostentan los galones de estambre y... todo por casualidad, como la fabulilla del burro y la flauta, que me parece que es de Samaniego. Estaba un día yo de puertas, y por la tarde cuando me paseaba por la acera de la casa-cuartel, vi acercarse hacia ésta unas caballerías cargadas con mobiliario; allí venía también su arriero, y en compañía de éste un guardia civil, a quien de lejos no conocí, pero ya en la puerta me acerqué a él y exclamamos ambos simultáneamente:
- ¡¡¡Pico!!!
- ¡¡¡Antonio!!!
- ¡Quién pensaba encontrarte aquí!
- ¡Y quién había de pensar que tú vinieras adonde yo estoy!
- Pero chico, cómo vienes de mojado, se conoce que te ha alcanzado algún chaparrón.,
- O varios chaparrones, pues desde Cáceres hasta el alto de la Soledad el agua ha sido torrencial, ya ves.
- Entra, entra, despójate de esa capa, esas polainas. ¡Cómo traes las polainas y la capa! Allí en casa hay brasero, sécate bien porque así estás mal, no sea que al estar ya parado vayas a coger alguna pulmonía.
Esto fue entonces; después, ya Antonio y yo hemos prestado servicio juntos muchas veces en el puesto, en concentraciones, etc., y sobre indumentaria hemos cambiado opiniones, como también respecto a servicios, leyes, casos prácticos y cosas peculiares del Cuerpo.
Ahora estamos en la frontera portuguesa; hoy amanece, vamos saliendo del pueblo de Cilleros, donde estamos destacados al mando de una muy culta y digna clase, con dirección a la frontera; no faltan nubarrones que hacen invisibles las sierras de Gata y picos de Jálama, que vamos dejando a la derecha, al caminar hacia el Teso Moreno. Aquellos nubarrones, sin duda unidos al continuo paso tras paso, nos dejan sentir una especie de calor bochornoso.
- Ya no habrá por aquí portugueses, ¿verdad, Pico?
- Es fácil que se hayan marchado todos, sí, porque con el enjuagatorio que creo llevaron hace poco unos que pasaron la ribera, es de suponer que hayan entendido que aquí no queremos tifus.
En estos y otros diálogos llegamos a la citada finca, donde después de bien reconocida y persuadidos de que los portugueses que venían ya no vienen, fuimos a descansar a la casa a la hora marcada. Yo había salido a sentarme a la sombra de un corpulento roble y allí me puse a escribir a mi esposa e hijos, puesto que para ello había tiempo. Poco después sentí pasos, pero tan abstraído me hallaba, que no apercibí que estaba detrás de mí mi compañero Antonio, hasta que él me llamó la atención con una palmada en el hombro y un ¿en qué piensas?, expresión en él muy corriente.
- Ya ves, le dije, apenas hace una quincena que llegamos a la frontera y a esta fecha no he visto un periódico, y ahora escribía a la familia para que le remitieran aquí.
- ¿Y estas notas para qué son?
- Esas son unas cuartillas para "El Sombrero de Tres Picos".
- ¡Ah, sí, ya veo que también te haces eco en ese incansable defensor nuestro y tiras a raja tabla al caciquismo; duro con él! ¡Oh, si lograras exterminarlo, cuánto habríamos ganado, cuánto imperaría la
ley y cuántas veces menos sería ésta burlada por las artimañas de aquéllos!
- Tienes razón, Antonio, el cacique es especie de Lucifer o Lucifer personificado, y no habríamos ganado poco con su exterminio, como tu dices, pero... ahora no trato de eso.
- ¿Pues de qué tratas? ¿Qué traes entre manos con esas cuartillas? ¿Pides algo bueno por vía de lo cual vamos a mejorar de situación?
- ¡Mejorar de situación! ¿Quién piensa en eso? Para esa mejora se necesitaba pedir muchas cosas y que ellas fueran concedidas, porque Dios ya lo dijo: «Pedid y recibiréis». Además, soy yo muy poca cosa para lograr que mis modestísimos trabajos sean atendidos.
- No seas pesimista, amigo Pico, ¿por qué no te han de atender? ¿No acabas de decir que ha dicho Dios eso de «pedid y recibiréis»? Pues pide tú algo, hombre, y pide con fe, no desconfiando de que llegará un día que entre tú y otros lograréis algo para todos.
- Sí, yo creo que algo se conseguirá, por ejemplo, el aumento del haber, que nos es de gran necesidad, el impermeable, las polainas de cuero, pero de cuero bueno, no de badana, y otras mil cosas de las que otros con más esclarecido entendimiento que yo han sabido tratar.
- Pues eso, eso, di algo tú también de eso; ayuda a los que dices saben tratar de la materia; mira. Pico, ya sabes que niño que no llora...
- ¿Llorar has dicho? Pues amigo, no sé qué más quieres que lloremos todos, por que al fin, aunque algo se haya conseguido antes de ahora, siempre parece que vamos detrás de todos, siempre los últimos en disfrutar un pequeño beneficio.
- Te repito que no seas pesimista y deja correr la bola, que al fin ya verás cómo todo eso que anhelamos llega a ser un hecho; diez, doce, veinte años después de la creación del Cuerpo nadie pensaba en vestir un traje gris tan cómodo como el que hoy vestimos; no obstante, hoy lo vistes; alguien lo pediría o se concedió al Cuerpo sin pedirlo, y así, ha llegado e irá llegando todo lo demás; lo que te sucede a tí, amigo Pico, es que siempre estás soñando cosas y tienes poca paciencia, te aburres, vacilas, desmayas; no, hombre, no, grita, da voces, pide, ayuda a esos que dices que saben más que tú; es cribe, alguien te oirá, alguien os atenderá, a ti y a los otros, y todos disfrutaremos de lo que consigáis.
- En El Sombrero de tres picos he visto yo plumas tan preclaras y entusiastas, que hasta se sueña con aquellas cosas que su implantación en el Cuerpo sería muy beneficiosa. ¿Tú no has soñado alguna vez?
- Si, hombre, ¿quién mejor que el enfermo ha de soñar con la salud? La última vez que estuvimos de servicio por la frontera, pernoctando allí, soñé yo cosas divinas.
- ¿Sobre los portugueses?
- No, hombre, no, en ese caso serían cosas portuguesas y no divinas.
- Pues tienes que referirme ese sueño, porque ya me entra curiosidad por saber en qué consiste,
- Bien Antonio, pon atención y oirás el relato. La noche que pernoctamos en el cuartel de Carabineros, sita en la finca Cañalete, cuya ribera sirve de límite entre España y la vecina República, recordarás que por la noche, la conversación entre aquellos veteranos y nosotros versó sobre las prendas de uniforme que hoy han subido tanto y lo adaptables que serían algunas que no tenemos en cambio de una radical supresión de otras, que con gran ventaja nuestra podían desaparecer, por su poca utilidad y excesivo perjuicio en muchas ocasiones.
- Sí, sí, recuerdo que aquella noche unos y otros lamentábamos el poseer ciertas prendas que no llenan por completo el vacío, para el cual está dispuesto su uso, y que tú, durante este cambio de opiniones, te dormiste...
- Y me marchó a un camastro que me designaron, y todavía bullía en mi cerebro la idea y vehemente deseo de poseer prendas más útiles que nuestras polainas, y con la tormenta que nos cogió por la tarde en el camino de Cañalete, todo dio lugar a que se apoderara do mí una dulce pesadilla que tú mismo me interrumpiste cuando bajamos a la frontera para impedir el paso a unos portugueses que pretendían entrar en nuestro territorio.
- Pero bueno, ese sueño, esa pesadilla ¿en qué consiste?
- Verás: Después de dormido soñó que el cabo Hernández nos llamó y nos entregó una papeleta de correrías que decía así: Los guardias segundos Pico y Antonio saldrán de servicio a las dos horas de mañana, vigilando el camino de la frontera portuguesa, en donde verificarán presentación a las doce y descansarán hasta las catorce, tomando después el camino de la sierra Cabeza del Mocho, desde cuya alta cúspide se elevarán al cielo para mejor divisar la concurrencia de portugueses a estos territorios, evitando así que los españoles sean contagiados de la perniciosa enfermedad que en aquella República se padece, regresando a las veinticuatro horas a esta villa, si otra atención preferente del servicio no lo impide.
- Pero, hombre de Dios, si eso es imposible, ¿cómo el cabo Hernández te va a ordenar subir a la mansión celestial, si allí no van más que los bien aventurados que por sus muchas virtudes lo hayan merecido en vida?
- ¿Y tú crees, querido Antonio, que nosotros no vamos a ir al cielo?; pues en eso si que tengo yo gran confianza, pero considera que lo que te refiero es el sueño de la otra noche.
- Bien, sigue, sigue.
- Hicimos la correría en la forma que te he dicho; pero en la cima de la sierra un chubasco de los grandes nos puso como sopas; ascendiendo por el camino estrecho lentamente. ¡Ah! no te valía tener las piernas tan largas, amiguito, caminabas despacio y yo también muy despacio, llegando por fin a la hermosa verja de flores celestes, y allá, más allá, se oían dulcísimas melodías de arcángeles y querubines que llenaron nuestros seres de felicidad inaudita. "Vimos al gran santo encargado de las llaves de aquellas puertas gloriosas y con él conversamos por el tiempo que allí permanecimos, ..que pasó como un soplo. Bien se fijó San Pedro en la mojadura de la capa que había calado hasta las ropas interiores y en su enorme peso después de mojada, como en las polainas, de las cuales nos dijo que esa especie de cataplasmas no eran nada beneficiosas, que el impermeable y la polaina de buen cuero sería mejor. Ya os he visto venir, decía el gran padre de la Iglesia, y por eso os esperaba a la puerta; aquellas deplorables guerras son causas de que vuestra vida sea más penosa y sobresaltada; no obstante, hijos míos, no demoréis nunca en vuestro servicio, sed fieles a vuestros jefes y atentos con el resto de la sociedad; lo demás todo tendrá solución, el aumento de vuestro haber es un hecho, así como el impermeable y polainas, de cuero muy bueno, son prendas que las luciréis, porque todos los que pertenecéis a aquel gran Instituto sois acreedores a estos beneficios y así será".
- ¿Y de los caciques no habló nada San Pedro?
- No; porque so conoce que el santo no quiso profanar aquella santísima mansión con el recuerdo de seres tan repugnantes, y... en esto estábamos cuando me despertaste por la mañana...
- Hecho de ilusiones, ¿eh?
- Sí, claro está, de ilusiones; pero todas muy verosímiles, porque ya has oído, el Santo dijo que todo tendría solución y es fácil que la tenga.
- Sí la tendrá, sí; confiemos, sigamos confiando, sin embargo, yo hubiera querido...
- ¿También, tú?; pues, mira, se lo hubieras contado a San Pedro.
Un pico de El Sombrero.
Cilleros, 4 de Junio de 1918.
Fuente: El Sombrero de tres picos. 16/6/1918.





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