Si hoy en día para oficializar una relación de pareja basta con cambiar el "estado civil" en las redes sociales, a principios del siglo XX, y durante siglos atrás, las cosas en la Sierra de Gata eran radicalmente distintas. El amor no solo era un asunto de dos; era un asunto del pueblo. Y en un término municipal tan histórico y de fuerte carácter como Cilleros, las leyes no escritas de la comunidad se imponían con una fuerza que ya querría para sí el mismísimo Código Civil.

Una de las costumbres más curiosas, arraigadas y temidas por los forasteros que osaban acercarse a rondar a nuestras mozas era la conocida como "el pago del piso" o, simplemente, "la cuartilla". Imaginemos la escena: un joven de un pueblo vecino, pongamos Villamiel, Hoyos o Trevejo, cruzaba los límites del término de Cilleros atraído por los encantos de una de nuestras jóvenes solteras. Al principio, los encuentros se llevaban con discreción, pero en el momento en que la relación empezaba a tomar visos de seriedad, se activaba una maquinaria jurídica ancestral.

El historiador y jurista Daniel Berjano Escobar, en su célebre recopilación de "Costumbres jurídicas de la Sierra de Gata (1901)", definía este rito como una auténtica reliquia endogámica de tiempos prehistóricos. En esencia, la comunidad de jóvenes locales, los "mozos", consideraba que las mujeres solteras del pueblo eran, en cierta medida, un patrimonio comunitario que debía defenderse frente a los de fuera. Si un forastero quería "llevarse" a una cillerana, debía compensar a los jóvenes del pueblo pagando un peaje: una cuartilla de vino.

Para hacer efectivo este tributo, no se empleaba la violencia física de buenas a primeras, sino un refinado protocolo de cortesía rural. Una comisión de mozos de Cilleros, representando a todos los jóvenes del pueblo, se presentaba ante el novio forastero en su próxima visita. Con las formas más finas y educadas de su rústico repertorio, le hacían saber que debía cumplir con la costumbre de la villa. Dependiendo de la extracción social del pretendiente, el rito tomaba dos caminos:

  • -Si el novio era un trabajador o jornalero: Él mismo acompañaba a la comisión a la taberna más cercana, pagaba el convite de vino y, tras beber juntos, los mozos de Cilleros lo escoltaban en una alegre ronda por las calles del pueblo, cantando y tocando música, para acabar despidiéndolo con honores y palmadas de afecto en las afueras cuando se retiraba a su localidad.
  • -Si el novio era de clase acomodada, un "señor": No se le hacía ir a la taberna. Entregaba una cantidad de dinero en metálico al líder de la comisión, una suma que podía llegar en su época a la nada desdeñable cifra de 40 pesetas (¡una fortuna para la época!) y los mozos se retiraban agradecidos.

Una vez pagado el piso, el noviazgo quedaba oficialmente consagrado. El forastero ya no era visto como un intruso, sino como un miembro bajo la protección de la juventud local. Nadie volvería a molestarle ni a disputarle el derecho de rondar a su novia bajo la ventana.

Jóvenes cilleranos festejando por las calles de la villa

Pero la justicia comunitaria de Cilleros no solo apretaba a los de fuera; también tenía normas estrictas para los de dentro. Para que un joven del propio pueblo tuviera el derecho de salir a rondar de noche, dar música con su guitarra o bandurria, o lanzar los tradicionales "relinchos" y "jijeos" (gritos de júbilo típicos de la comarca) en las esquinas, antes debía ganarse el estatus de mozo. Esto se lograba al entrar en quinta (la edad del servicio militar), pagando a sus compañeros la "patente" de vino.

¿Y qué ocurría si un chaval imberbe, antes de pagar la patente, se propasaba a andar de noche haciéndose el valiente por las calles de Cilleros? La respuesta de la juventud local era implacable. Primero, se le invitaba con un grito de advertencia a recogerse a su casa. Si desobedecía la primera señal:

"...bien pronto se le presentaban dos o tres mozos con palo en mano, que con la consabida y enérgica frase '¡A echar!' le obligaban por las buenas o por las malas a meterse en su cama".

Hoy, estas costumbres nos pueden parecer toscas o de otra época (y afortunadamente el amor libre de peajes se ha impuesto), pero desde el punto de vista histórico y antropológico, el "pago del piso" en Cilleros y la Sierra de Gata nos habla de una sociedad donde la solidaridad y el control del grupo eran las únicas herramientas para garantizar el orden en comunidades aisladas de montaña.

La próxima vez que pases por una de las calles de Cilleros y escuches el eco de una antigua copla o veas las rejas de una ventana tradicional, recuerda que allí, hace no tanto, un forastero tuvo que ganarse su derecho a amar pagando una cuartilla de vino a los mozos de nuestro pueblo.


Fuente: Costumbres jurídicas de la Sierra de Gata - Daniel Berjano Escobar.