Las fiestas y la devoción en torno a San Blas, nuestro queridísimo patrón, están grabadas a fuego en el alma de Cilleros. De generación en generación, los mayores han sabido conservar un rico tesoro de vivencias que, a veces, superan con creces a la ficción. Entre todas ellas, hay una historia que brilla con luz propia por su mezcla de fervor, juventud, picardía y un inconfundible toque surrealista: el día en que San Blas, recién salido de su restauración en Madrid, decidió «pasearse» por la mismísima Gran Vía de Madrid a comienzos de la década de 1950 y acabó en el calabozo.
Corría el año 1951 o 1952 cuando la imagen del patrón tuvo que abandonar temporalmente Cilleros rumbo a Madrid para someterse a un riguroso proceso de restauración. El taller encargado de devolverle el esplendor a la talla se encontraba en pleno corazón castizo, en las inmediaciones de la Plaza Mayor.
Por aquel entonces, la colonia de cilleranos en Madrid, principalmente jóvenes estudiantes que buscaban un porvenir en la gran ciudad, estaba muy unida y formaban un sólido núcleo de paisanaje serrano en la meseta.
Una vez finalizadas las labores de restauración, se dio aviso a los jóvenes cilleranos para que acudieran a recoger la imagen y la llevasen a la empresa de transporte. Un grupo de entre dieciocho y veinte muchachos, entre los que se encontraban los hermanos mellizos de los Guillén, los hermanos Martín Palacín, los hermanos del sacerdote Alejano, etc, se organizó para ir a buscar al patrón. Tras recibirlo debidamente embalado y protegido para el viaje, los jóvenes cargaron con él. Pero claro, la juventud, la camaradería y el bullicio de la capital dispararon la imaginación de uno de ellos. En un alarde de espontaneidad que hoy nos saca una sonrisa, a alguien se le encendió la bombilla:
— Oye, ya que tenemos aquí a San Blas, ¿por qué no nos damos una vuelta y lo paseamos por la Gran Vía?
Dicho y hecho. Lejos de tomar el camino más recto y discreto hacia la estación o el punto de transporte, la comitiva estudiantil enfiló con el bulto sagrado hacia la gran arteria madrileña. Imagínense la estampa: un grupo de jóvenes cilleranos cargando en volandas un paquete de grandes dimensiones que guardaba ni más ni menos que a su patrón, cantando las coplas del patrón y avanzando ufanos por el bullicioso centro de Madrid.
El ambiente era festivo pero, en pleno periodo franquista, las normas de orden público no estaban para bromas ni improvisadas manifestaciones devotas sin autorización gubernativa. La presencia de aquel grupo tan pintoresco transportando un bulto sospechoso en plena vía pública llamó de inmediato la atención de las fuerzas de seguridad del Estado.
La policía intervino con rapidez. La ocurrencia terminó de golpe cuando los agentes interceptaron a los jóvenes y decidieron trasladar a todo el cortejo, ¡alumnos y santo envuelto por igual!, hasta la Dirección General de Seguridad (DGS). Por aquel entonces, este organismo neurálgico del régimen se encontraba en la emblemática Real Casa de Correos de la Puerta del Sol (el mismo edificio que hoy alberga la Presidencia de la Comunidad de Madrid).
El desenlace de la broma tuvo su gracia cinematográfica: todos los jóvenes acabaron sentados en sillas en el sótano del calabozo... y, a su lado, debidamente apoyado, el mismísimo paquete de San Blas. Allí pasaron unas cuantas horas de incertidumbre y risas contenidas, hasta que las gestiones de algún conocido o intermediario lograron esclarecer el malentendido y consiguieron el rescate de los improvisados porteadores.
Superado el susto en los calabozos de la Puerta del Sol, la odisea continuó. El santo fue llevado finalmente a la empresa de Transportes Vallejo para emprender su viaje de vuelta a casa. Fue precisamente en aquellos históricos camiones donde se originaron aquellas coplas populares que inmortalizaron el periplo.
Cuando San Blas reapareció por fin en Cilleros, fue recibido con el fervor de siempre, aunque la jugosa anécdota no se reveló en la villa, porque estar detenido en aquella época no era una buena referencia y porque no se quisieron arriesgar a salir en las coplas del Santo. Eso si, aquellos estudiantes que se jugaron el tipo en Madrid demostraron que, por muy lejos que uno esté de la tierra, la devoción y el orgullo de ser cilleranos siempre encuentra la manera de abrirse camino... aunque sea por la Gran Vía madrileña.
Fuente: Testimonio oral de M.M.P.




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